Rojo-dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor (Renacimiento, 2021), de Ana Castro (ed.).
Aquello que no expresamos corre el riesgo de enquistarse y hacerse piedra. Pero ¿cómo nombrar la sensación que se desconoce, la emoción que rompe, el silencio que corroe? Rojo-dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor (Renacimiento, 2021) reúne poemas de cuarenta y un poetas hispanohablantes nacidas entre el siglo XIX y la década de los ochenta del siglo XX reunidas por Ana Castro (Pozoblanco, 1990).
Se trata de una antología feminista que sirve como refugio y espejo donde encontrarse. Entre estos versos, las autoras se preguntan cómo nombrar el dolor en una sociedad patriarcal donde el sufrimiento de las mujeres es silenciado, como se dice en la solapa del libro. Estos poemas son una vía de expresión de algo que siempre se ha silenciado: el dolor. Y, sobre todo, el dolor de las mujeres. También se propone desmontar los clichés asociados al dolor con diferentes estilos de escritura.
En el prólogo, Ana Castro explica que ha escogido poetas nacidas hasta 1985 porque ella pertenece a la década siguiente y no quiere ser subjetiva a la hora de escoger a las de su generación. Enumera a las poetas que aparecen y las razones de por qué lo hacen ellas y no otras. Además, explica que este libro no pretende ser una apología del dolor, sino expresarlo porque, como le enseñó Juana Castro, «para que las cosas existan hay que nombrarlas». A lo largo de los poemas se hace un recorrido por palabras comunes como enfermedad, muerte, sangre, batallas, heridas, cicatrices y carne.
El dolor nos enfrenta contra nuestra condición humana y nos pone los pies en el suelo cuando vivimos nuestra rutina sin ser conscientes de que somos orgánicos y finitos. Después del dolor nunca se vuelve a ver igual la vida, por eso es un punto de inflexión. El dolor, junto a la comprensión de la muerte, es una puerta que los niños cruzan para convertirse en adultos. Están el dolor físico y el psicológico, el que el ser humano ejerce contra la humanidad o contra la naturaleza y el resto de especies, el dolor del patriarcado a las mujeres… Sin embargo, el dolor no sirve para ponerse condecoraciones.
La poeta que abre la antología es Rosalía de Castro con un poema sobre el dolor de la muerte de una madre. «¡Ay!, cuando una madre muere, / debiera un hijo dormir», escribe. A ella la sigue Concha Méndez con un poema sobre la guerra civil y el exilio en el que se compara con aquella y con su dolor, solo que Rosalía de Castro no se movió de su Galicia natal y de sus lluvias, mientras que Méndez tuvo que marcharse. «Como tú, la tierra, / mi tierra llevo en mi herida», concluye.
Tras ellas, hay algunas sinsombrero como Elisabeth Mulder, que compara el rojo del camino, del sendero y de una inmensa hoguera, porque «roja, toda roja vi siempre la vida». Rojo dolor. Mulder también se pregunta si la vida es esto y no más. Si solo hay dolor y heridas en esta vida mustia. Imposible. Ella cree con optimismo que debe haber más. Hay muchos poemas en los que se advierte la presencia del dolor, pero que no se menciona explícitamente y otros en los que se mezcla con el existencialismo.
Carmen Conde sí es una poeta que lo nombra con claridad. Desde el dolor ligero que transcurre dulcemente por el pecho a los dolores que acribillan la «piel vulnerable del alma en desamparo». A veces, podemos ver con nitidez el dolor de aquellos que fuimos en el pasado y, sin embargo, no comprender el dolor que nos hiere en el presente. Sea como fuere, como dice Francisca Aguirre en Totalidad, el sufrimiento nos desarticula y nos convierte en lagartijas divididas en dos «tanteando el vacío».
Hay un poema de Juana Castro llamado Epístola en febrero donde la autora habla de una mujer embarazada que recuerda a un hijo muerto. Escribe sobre cómo pasan los días y el recuerdo del hijo es como el humo. Llega un nuevo retoño, pero no podrá compararse con el que falleció porque «sabemos que el mar no repite sus olas». Por otro lado, los poemas de Luz Pichel carecen de puntuación y por tanto obligan a la asfixia y la angustia.
Piedad Bonnett le pide al dolor que persevere para sentirlo cerca, en su propio cuerpo, concretamente en el costado. En otro poema compara el dolor en general con el dolor concreto de un miembro que se amputa y que aun así sigue doliendo, sigue palpitando, sigue sintiéndose. Porque, volviendo a Juana Castro, las olas no se repiten, como los miembros, como los hijos. Al final, todos los poemas y todas las poetas están unidas por un lazo invisible, el del dolor, que no se ve pero se siente y se expresa sobre el papel.
Chantal Maillard, como Bonnett, sabe también del dolor y la pérdida, y por eso escribe «para que el agua envenenada pueda beberse», como dice en Matar a Platón. Ella escribe «para curar», «para decir el grito», y el dolor es la senda y el medio. Hay un poema de Ángeles Mora titulado El infierno está en mí donde habla sobre no reconocerse en el mundo y ser una extraña. De poética y niebla trata sobre escribir y dice que «el poema es veneno que bebo en mis labios» y que se siente una abeja atrapada en una colmena sin salida. Los únicos huecos son los que dejan la escritura y las palabras.
Mari Luz Esteban escribe sobre la muerte de la madre, pues su pérdida de es la ausencia de todas las ausencias. Isabel Bono se refiere al dolor como lo seco que inunda el jardín y lo ocupa todo si no te das cuenta. Si no lo espantas, al final también inunda los ojos y por tanto nunca vuelves a mirar como antes. La poeta malagueña escribe que hay días en los que incluso el dolor acompaña y abriga. Al final de uno de sus poemas, cita un sol negro que no sé si será hermano del sol negro con el que Julia Kristeva tituló su ensayo sobre la depresión.
Esther Cabrales se halla en Renacer «ante la inconmensurable / vastedad / de un poema». Y esa es la sensación del lector que se enfrenta a esta antología. Uno empieza a «tropezar con las palabras», como escribe Olalla Castro (qué de Castros en este libro, por cierto) en uno de sus poemas. Los versos estremecedores angustian y encogen, aunque en estas páginas solo hay una dosis irrisoria del dolor, pero a través de la poesía se advierte con claridad. Al final, como escribe Tulia Guisado, el dolor «es esto. / Es una y otra vez la misma partitura. / Lo que me vence». Me gustan los poemas que dicen mucho en muy poco, y aquí hay poetas que en apenas unos versos describen con maestría la magnitud del dolor, y otras que en poemas de varias páginas dibujan con detalle su mapa.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): No soy lector de poesía, pero hace poco me puse más con este maravilloso género. Si a lo largo de mi vida he leído poca poesía, antologías ya ni os cuento, así que esta obra no me ha recordado a ninguna otra. Eso sí, alguna autora por separado sí me ha recordado a obras suyas porque sí las he leído más (Isabel Bono, Chantal Maillard). Además, al final del prólogo Ana Castro cita a algunas poetas nacidas en los noventa (pues nos las incluye aquí pero merecen igual mención) como Nerea Rojas, cuyo libro La flor muerta del algodón reseñé en el blog.

