Las cuentas pendientes (Salto de Página, 2017), de Ana Matallana.

Muchas personas, momentos antes de fallecer, llaman a otras, a veces con la intención de contarles un secreto familiar que debe saberse, de decirles su última voluntad o de pedirles perdón por devenires de la vida.

Las cuentas pendientes (Salto de Página, 2017), de Ana Matallana (Burgos, 1988), es la primera novela de la autora. En ella, el lector se encuentra de frente y desde la primera página con un fallecido: Francisco Yáñez —en la sinopsis de la contracubierta pone Lláñez: error—. En el tanatorio donde se encuentra su cadáver se congregan algunos conocidos: un amigo, tres pacientes, un desconocido y su hija.

Surgen dudas por si se ha suicidado —tal y como cree su hija— o si lo han asesinado —como creen sus pacientes—. Las vidas paralelas que llevaba y su forma de actuar con cada cual salen a relucir en el momento más crudo. Las cuentas pendientes, en definitiva, se resuelven en torno a las diferentes caras de una misma moneda —o persona—. Lo que queda claro es que ha muerto por el impacto de una bala.

Los individuos presentes en el tanatorio son seis: Santiago, Sonia, Gustavo, Hugo, Fernando e Isabel/Marina. Cada capítulo —de cuatro páginas cada uno aproximadamente— está protagonizado por una de esas personas, donde habla de su relación con el difunto, y cada uno de ellos interviene cinco veces en el libro.

Así, encontramos a Sonia, una hija desapegada a su padre, que le guarda rencor y siempre mantuvo una fría relación con él. De hecho, desconocía que su padre fuera hablando de otra vida inexistente por ahí o que se hubiera convertido en psiquiatra. O Santiago, un paciente perfeccionista, obsesivo y maniático. Gustavo es el dueño del bar donde Francisco acostumbraba a ir, mientras que Hugo e Isabel/Marina son otros dos pacientes —esta última tiene ese nombre porque tiene doble personalidad—. Por último, Fernando es un hombre arrogante y prepotente que ha ido al tanatorio porque su mujer ha fallecido. Desencantado con el ambiente de la sala, decide espiar en otras y termina entrando en la que se encuentra Francisco.

Con el paso de las páginas se conoce a los personajes y se deducen sus personalidades. La narración, pese a la quietud del espacio, resulta angustiosa y maneja diferentes ritmos. Por ejemplo, cuando el narrador es Santiago, esta se vuelve asfixiante. Además, la autora utiliza diferentes tipos de narrador —en primera persona la mayoría de las veces, en tercera persona el resto—.

Sonia dialoga con el difunto, que es su padre. Son muchos los hilos cruzados que la autora sabe estructurar. Desarrolla las taras y/o problemas de cada individuo y expone las ideas que cada uno tiene de Francisco, a veces equivocadas. Las vidas inventadas o superpuestas a las anteriores que se fabrica Francisco incrementan el efecto devastador del dolor. El ritmo frenético que alcanza en alguna ocasión impiden que la obra resulte aburrida o bostezante.

Las recriminaciones que le hace Sonia a su padre están al nivel de las que Carmen le hace a su marido en Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes. La autora consigue, en su primera novela, escribir una obra que gira en torno a un enigma sin resolver, sin desenvolverlo en ningún momento. La frescura que aporta una historia como esta se conjuga con unos personajes bien construidos y originales. Aunque no se deduce la tensión como un gran misterio, la autora mantiene el suspense gracias a las diferentes voces, que no marean al lector. Es, sin duda, un debut brillante, una novela sorprendente y una autora a tener muy en cuenta en el futuro.


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