Y pasaron tantos años (Rata Editorial, 2021), de Natàlia Cerezo.
Cuando ya no duele recordar todo lo que se vivió en la infancia, cuando ya no hay nada que perder, solo queda lanzarse a escribir. Natàlia Cerezo (Castellar del Vallés, 1985) lo hace así en Y pasaron tantos años (Rata Editorial, 2021). A Caterina, la protagonista, le da igual si alguien escucha la historia que cuenta porque todo lo que ha existido lo ha hecho de una manera determinada. Ella no supo hacerlo de otra forma y ya hecho está.
Ganadora del Premio Ojo Crítico de RNE, esta novela está inspirada en la abuela de la autora, de la que se incluye una fotografía en blanco y negro datada en 1956. Además, en una entrevista, la autora dice que su abuela murió sin ver la novela terminada. En la solapa hay un dibujo hecho a mano presumiblemente por Cerezo y en las primeras y últimas páginas está lo que parece un primer borrador de la obra fotocopiado con correcciones hechas a mano.
La novela está dividida en cuatro partes y comienza tras una cita inicial de Mercè Rodoreda que habla sobre el paso del tiempo y la juventud, que se volatiliza. La protagonista, Caterina, narra el devenir de su vida entre su juventud y su matrimonio y maternidad. Así, la narradora y protagonista empieza a descubrir sus sentimientos, se abre al mundo adulto y vive experiencias como el incendio de su casa o una fuerte riada mientras los años transcurren y, con ellos, las personas pasan y se transforman.
Caterina, oriunda del mundo rural, va a vivir a una ciudad industrial, y este cambio le genera emociones nuevas, no siempre positivas. La casa allí le resulta más oscura, igual que el barrio, una degradación de ir a vivir a un sitio peor comparado con la belleza del campo. Describe las rutinas, los olores y el ambiente y presenta a personajes como Manelic, un burro; su amiga Rita, y su compañero Isidro, con quien compartía la afición por el teatro. También habla de Mingo y Antoni, sus dos hermanos, muertos en la guerra y a quienes recuerda con frecuencia. Cuánto daría por tenerlos de nuevo a su lado.
En la ciudad, Caterina ve por primera vez el mar y trabaja en una fábrica, porque había muchas más fábricas que casas, dice. Empieza a desarrollar una pasión por la escritura y desea aprender a escribir ante todo. Además, en el pueblo leía novelas que los pastores le prestaban. Sin embargo, con su boda su vida cambia. Un día, conoce a Gustau, quien será su futuro marido. Parece enamorada de él, pero con el tiempo y el roce se percata de que el hombre que conoció no es ese con el que ahora convive.
La casa de casada no la reconoce como hogar, sino aquella donde ha crecido. Además, Gustau prohíbe tener y leer libros en su casa. Es un hombre egocéntrico y nada cariñoso ni detallista que impone el silencio en su casa, así como la sumisión de su esposa, que se ahoga entre las prohibiciones y las responsabilidades. Dentro de Caterina crece la rabia, como un niño, por el comportamiento de su marido, pero poco puede hacer.
Antes, Caterina buscaba una salida en los libros y el teatro, pero unos y otros acaban reprimiendo sus aficiones. Entonces, se agarra a los recuerdos para pasar los días. Siente una soledad tan grande que le duele, pero a la que se ha acostumbrado. Su amiga Rita dice: «Toda la vida hacemos teatro, pero no siempre podemos elegir la obra a representar». Anhela volver al pasado, con las gentes de entonces y sin las prohibiciones, los miedos ni las preocupaciones. Sin embargo, esa Caterina ya no existe.
Y pasaron tantos años es un retrato sobre el paso del tiempo y cómo la vida sigue adelante sin que nos demos cuenta, moldeándonos y jugando con nuestros caminos a su antojo. Con el tiempo, también se multiplican o dividen las personas y elementos que nos rodean, y el final de nuestra vida no se parece en nada al principio. Como si fueran dos vidas diferentes y no compartieran nada. En la novela se aprecian reminiscencias de la España de los años 50, como esa emigración del campo a la ciudad que protagoniza Caterina y también algunos episodios que ella recuerda de la guerra civil.
Después de su matrimonio, la visión de Caterina se vuelve oscura. Las descripciones, antes alegres y ricas, se convierten en un relato resignado. La narración inocente y casi infantil, que fantasea, abre los ojos al mundo real y se torna deprimida. La Caterina de color rosa se vuelve gris como ella misma dice tras la desaparición de su amiga Rita. El mundo adulto y el patriarcado pudre a una protagonista feliz que se fija en el olor de la lavanda y la floración de las glicinas. «Viviré en la luna llena», canta una niña en la novela, pero cuando Caterina pasa a su lado, ella se calla. Y pasaron tantos años y el silencio fue lo que quedó.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Hay novelas que no me recuerdan a ninguna y otras, como esta, que son un rosario de similitudes. Me ha recordado a Nada, de Carmen Laforet, porque está ubicada en una época similar (años 50) y en una localización también parecida (Cataluña). Además, en ambas obra se retrata a una protagonista joven que se abre al mundo con lo que le viene impuesto por ser mujer en la época en la que le toca vivir. También me ha recordado a Primera memoria, de Ana María Matute, porque ambas son memorias de una mujer joven en el Mediterráneo. La manera de narrar, con esa memoria triste de los que hechos que ocurrieron y alteraron su vida feliz, me ha recordado a La buena letra, de Rafael Chirbes. Cuando Caterina dice que no reconoce su casa de casada como hogar, plantea una reflexión sobre a qué lugares sentimos que pertenecemos, algo de lo que también habla Marcos, protagonista de La marca del agua, de Montserrat Iglesias. También me recuerda a Enero, de Sara Gallardo, porque cuando Caterina llega a casa de sus suegros los hombres hablan de la cosecha mientras su suegra le enseña la casa mientras hay un embarazo en la historia, aunque no sea suyo. Por otro lado, Caterina dice de la ciudad donde trabaja que nunca parece acabar. Esto me ha recordado a la novela La ciudad infinita, de Sergio C. Fanjul, aunque creo que él habla en esos términos de Madrid. Y también me ha recordado a la canción Barcelona, de Joe Crepúsculo, donde se dice: «Barcelona, la ciudad que crece pero no desborda». Finalmente, y debido a la mención frecuente del teatro, por la afición de la narradora, no pude evitar pensar en la canción Puro teatro, de La Lupe, mientras leía el libro.

