August (Las migas también son pan, 2020), de Christa Wolf y traducido por Marcos Román Prieto.
Quiero creer que es casualidad y no una mala pasada del destino. Christa Wolf (1929-2011) dedicó August (Las migas también son pan, 2020, con traducción al castellano y epílogo de Marcos Román Prieto) a su marido tras cumplir sesenta años juntos. Unos meses después, Wolf falleció. El protagonista de este relato también ha estado sesenta años junto a su esposa. Y esta, como Wolf, también ha fallecido.
August es conductor de autobuses. No sabemos si se ha dedicado a ese oficio durante toda su vida, pero al menos sí podemos asegurar que se va a jubilar conduciendo uno. Wolf narra en este relato de menos de cincuenta páginas y escrito originalmente en 2011 la historia de un hombre, August, desde que es un niño aquejado de una enfermedad respiratoria hasta que se jubila, pasando por supuesto por el conocimiento del primer amor. Pese a la brevedad de la historia, tiene la fuerza y la presencia narrativa de una obra más larga.
Tras la segunda guerra mundial, en Prusia Oriental, August vaga desamparado. Ha perdido a su madre y su padre está desaparecido en la guerra. Lo único que posee es un cartel de cartón en el que reza la palabra «huérfano» y lo internan en un hospital de tuberculosos de montaña, un lugar nada adecuado para ingresar a los aquejados de enfermedades respiratorias, puesto que el clima no acompaña y podían empeorar. Allí conoce a Lilo, una chica. Quiere ser su amigo, pero hay otro chico que parece interponerse. Además, Lilo no le presta demasiada atención. Es entonces, cuando la ve pasear con ese otro chico, en que August «no recuerda que en ese otoño hubiera brillado alguna vez el sol».
Este primer amor de juventud, en un ambiente tan hosco como es la posguerra y sin seres queridos a tu alrededor, August se agarra a la bella imagen de Lilo, a la que adora o con la que desea compartir, ojalá algún día, algo más que una amistad. Esta relación alterna el dolor y la belleza de los primeros encuentros y de la exposición de los sentimientos humanos.
En el momento de la historia, August está solo y a punto de jubilarse. Mientras los pasajeros del autobús que conduce se dirigen a sus pueblos para rememorar sus respectivos pasados, él prefiere viajar a él a través de sus recuerdos y sus imágenes de infancia. Eso le basta. Pese al frío o al otoño, incluso en las montañas nevadas y en épocas de guerras, siempre parece verano si August se encuentra con Lilo, si la recuerda en los entresijos de su memoria. Un atisbo de su presencia ya es suficiente para evitar que muera de frío y abandono.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro tenía todas las papeletas para no recordarme a ningún otro. En primer lugar, porque las historias familiares —o las historias ficticias que pretenden recrear historias familiares— son cada una diferente y a veces no se parecen en nada. En segundo lugar, porque cincuenta páginas difícilmente dan para algo.
Sin embargo, he detectado ciertos aspectos narrativos que me han llevado a otras novelas. Por ejemplo, a Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy. Me ha recordado a esta novela de la escritora francesa porque la infancia y la adolescencia tienen una importancia capital, y porque ambas se desarrollan en espacios dedicados a ellos —ya sea un internado o un hospital de tuberculosos para niños. Y aquí viene la otra novela a la que me ha recordado: La montaña mágica, de Thomas Mann, por aquello del hospital de tuberculosos. No la he leído, pero tras tantos años entre libros es imposible no descubrir algún día que en la trama de este clásico tiene gran presencia uno de ellos.

