Alma y los siete monstros (Suma de letras, 2020), de Iria G. Parente y Selene M. Pascual
«La soledad es no poder decirla», decía Alejandra Pizarnik. En Alma y los siete monstruos (Nube de tinta, 2020), la protagonista, Alma, convive en soledad con sus monstruos interiores, sin poder expresarlos. Iria G. Parente (Madrid, 1993) y Selene M. Pascual (Vigo, 1989) ya han escrito varias novelas conjuntamente. En esta, tratan la realidad de la joven Alma, que está sumida en una depresión que se va agrandando con el paso del tiempo.
Alma convive con numerosos monstruos bajo su cama. Cada uno tiene unas características que lo definen, y acosan los sueños de Alma. Ella calla y traga sus miedos, no los comunica ni expresa sus preocupaciones. No habla de sus miedos por miedo, podríamos decir, a que se rían o burlen de ella. El narrador en tercera persona nos presenta a los monstruos, que viven apretujados bajo su cama. Monstruos grandes y pequeños, intimidatorios y aparentemente inofensivos. Hay de todo, pero coexisten y hacen la existencia de Alma más insoportable.
Antes, ella era luz, pero comenzó a apagarse. Ahora convive en la oscuridad absoluta de su habitación con siete monstruos. La depresión, la ansiedad, el miedo al qué dirán, la inseguridad, la desconfianza, la obsesión por tenerlo todo bajo control… son miedos que se confabulan en contra de Alma, que la hacen sentir segura dentro de su inseguridad. Son miedos mentales representados por figuras que los ojos de Alma captan en la oscuridad.
Hay cambios de tipografías y del tamaño de la letra en el texto de la novela. Esto se une a unos dibujos, por momentos angustiantes, que retratan aquello que ve Alma. El desasosiego de la protagonista se palpa a través de los dibujos narrativos de unos monstruos que no asustan, pero que, con su presencia, dañan la salud mental. Callarse los monstruos interiores y no poder expresarlos ni deshacerse de ellos provoca agotamiento y empeora la salud de aquellos que lo sufren.
Las autoras exponen, así, al lector ante sus propios miedos, que pueden ser los mismos que los de Alma. A veces, las obligaciones aplastan los momentos de ocio y resuenan en la mente para impedir el descanso y el júbilo de aquel que lo padece. Las distracciones conllevan miedo a no estar a la altura, a decepcionar, a ser raro o a no ser perfecto, cuando en realidad nadie lo es ni puede pretender serlo. Pero la mente es así a veces y puede causar estragos en una mente infantil o adulta. Esto, a su vez, provoca desánimo y desmotivación. Cada monstruo de Alma es un paso más hacia la apatía y la autodestrucción. Cuando la presencia de los monstruos se convierte en necesaria, hay que romper el vínculo.
Esta novela es una oda a la empatía que incita al lector a ayudar a aquellos que estén pasando por un mal momento y que se vean incapaces de expresarlo por miedo a ser incomprendidos. Todos tenemos miedos, y desestigmatizar la depresión y otros síndromes es imprescindible para que estos no nos opriman. Prevenir y prestar ayuda es importante, así como animar a que se expresen. Para una persona, saber que hay alguien para escucharle y que nada de lo que diga será motivo de burla es importante. No es una debilidad ni debe ser motivo de vergüenza reconocer que se tienen miedos. Por eso, hay que reivindicar el poder y la necesidad de los psicólogos.
Alma y los siete monstruos es una historia valiente, y por ello hay que destacar el valor de llevar una historia como esta al público joven y no tan joven, para que los adultos también puedan acercarse a ella. Se requiere fuerza para salir de ello, pero nadie debe estar solo. Hay quien muere en el intento de deshacerse de sus monstruos, y eso debe dejar de ocurrir.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Esta novela me ha gustado mucho, porque retrata la realidad de los miedos durante la infancia y la juventud, cuando todo el mundo parece que debería ser feliz. Y si no lo eres, es tu problema. No he leído ninguna novela como esta, aunque alguna que otra intenta tratar el tema de la depresión, pero no se parece demasiado como para destacarla.
No tengo reparos en admitir que he ido a psicólogas durante dos etapas en mi vida, la última de ellas por algo que pudo derivar en algo fuerte. No hay que sentir vergüenza ni miedo, porque todos tenemos debilidades. Unas veces, cuando estos me asaltaban, no conseguía alejarlos. Otras veces, escuchar música era la mejor solución para la ansiedad. Escuchaba Voy a estar bien y me imaginaba que la canción tenía razón, que todo iba a ir sobre ruedas, y se me pasaba un poco.
Sentirse incomprendido y raro es una de las peores sensaciones de la vida, sobre todo cuando eres un niño o adolescente. No se lo recomiendo a nadie. Por eso, si alguna vez tienes la oportunidad de ayudar a alguien, no lo hagas con las palabras: «Tranquilo, todo va a salir bien», porque no funciona, los miedos van mucho más allá. Mejor dile: «Estoy contigo y te voy a ayudar en todo».

