Panza de burro (Barrett, 2020), de Andrea Abreu.
Esta novela consiguió un éxito increíble a los pocos meses de salir. La editorial que lo publicaba no era de las más célebres, y la autora era una joven a priori solo conocida en algún círculo literario de Madrid. Panza de burro (Barrett, 2020) alcanzó cinco ediciones en apenas unos meses después de su salida. Cuando leí el texto de la contracubierta me percaté de que Andrea Abreu (Icod de los vinos, 1995) había estudiado el mismo máster que yo iba a empezar en el momento en que leía su novela. Las expectativas me atraparon y me lancé a por él. Solo un apunte: no me decepcionó.
Abreu, en el momento de escribir esta reseña —octubre de 2020— era codirectora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. Su novela superventas cuenta una introducción de Sabina Urraca y con palabras de elogio de Elisa Victoria, autora de Vozdevieja. Al fin y al cabo, creo que Panza de burro es un Vozdevieja al estilo canario. Y no es casualidad que ambas obras estén entre mis favoritas.
Panza de burro es la denominación de un fenómeno meteorológico que suele darse en Canarias y que, al parecer, consiste en el encapotamiento del cielo a causa de las nubes. Esta novela, en efecto, está situada en Canarias, allá por los años noventa o principios de los dosmil en que creció la autora. A través de un lenguaje y una gramática atípicas —se utilizan palabras desconocidas para los peninsulares y Abreu se salta algunas reglas ortográficas—, nos introducimos en la vida de la narradora y de su amiga Isora.
Los capítulos breves y la narración en primera persona nos guían por la belleza, la magia, la dulzura y la melosidad del lenguaje que contrastan con una historia trágica. La narradora tiene diez años, al igual que su mejor amiga, Isora, a quien admira. La acompaña y la quiere, pero también siente una tristeza que rebasa los límites de la infancia.
La historia se sitúa en junio, recién terminadas las clases y con el verano asomando y termina en septiembre, apenas unos días antes de la vuelta a clase. Un verano, sin embargo, atípico por los acontecimientos que van a suceder y por esa panza de burro que cubre el cielo de manera insomne durante los tres meses de vacaciones. Esta novela es la aventura y las idas y venidas de dos niñas que se abren paso en el mundo, lo descubren y expresan sus sentimientos.
La narradora dibuja con trazos infantiles su pueblo canario, así como a su familia humilde y el trabajo agotador de estos o la presencia poderosa de su abuela. Este es el retrato de una generación. Quien haya nacido en los años noventa se verá reflejado en ella: la Game Boy —güenboy, como la llama la narradora—, los diferentes dibujos animados e incluso las canciones, puesto que en un momento de la historia se nombra Pobre diabla, de Don Omar, una de las primeras canciones de reguetón que recuerdo haber escuchado en mi vida.
En Panza de burro encontramos un amplio abanico de personajes entrañables. Comenzando por la propia narradora y terminando en Juanita Banana, el personaje de un niño incomprendido, carente de libertad y víctima de violencia. A veces, la vida se nos presenta con forma de caramelo: dulce y apetecible a la vista. Sin embargo, el sabor amargo puede desengañarnos y deprimirnos, como les ocurre a las protagonistas cuando estas perciben el pathos existencial desde su visión infantil.
La narradora juega con el lenguaje, se deshace de ataduras y normas lingüísticas y escribe a su antojo, construyendo así una historia más veraz que parece escucharse de la boca de la narradora en lugar de leerse. Además, hay dos capítulos exentos de signos de puntuación que convierten los pensamientos de la narradora en una montaña rusa vertiginosa donde el lector corre el riesgo de ahogarse entre palabras y reflexiones ágiles y escurridizas.
La tristeza inherente de la historia es la tristeza causada por las nubes que encapotan la mente de los habitantes del barrio, como tío Ovidio, otro personaje pintoresco. El valor de la amistad se descubre entre malas hierbas y barbies. Esta amistad se abre a otras posibilidades no exploradas y cabe preguntarse si realmente no se trata de otro lazo afectivo.La carga visual que posee Panza de burro es sorprendente. Es una historia evocadora y la frescura de su lenguaje se agradece porque se lee casi sin sentirlo. Es una obra hipnótica que posee una historia potente y unas protagonistas difíciles de olvidar. Solo cabe decir para terminar: «Déjense envenenar por este libro, misniños».

