Una pasión parecida al miedo (Periférica, 2014), de Mary Ann Clark Bremer y traducido por Hugo Bachelli.
Lole y Manuel cantaban en Todo es de color: «Todo el mundo cuenta sus penas pidiendo la comprensión». En Una pasión parecida al miedo (Periférica, 2014, con traducción al castellano de Hugo Bachelli), un hombre y una mujer que han perdido a sus parejas en la Segunda Guerra Mundial —bien por los nazis, bien por el propio conflicto— coinciden durante una semana en un hotel de Berna. Allí, se cuentan sus vidas y sus tragedias, se comprenden y empiezan a ser mutuos.
Esta novela de Mary Ann Clark Bremer (1928-1996) es la historia de dos personas que se unen contra el miedo y la soledad que les cohíbe. Como dice una cita de la obra: «No hay pasión que robe con tanta determinación a la mente todo su poder de actuar y razonar como el miedo». La escritora neoyorquina narra un amor imposible, un amor que no se desarrolla por no ser correspondido a causa de impedimentos históricos, sociales, culturales, políticos… o incluso humanos, sencillamente humanos, como si esos fueran motivos sencillos.
El lector conoce la historia entre ambos personajes muchos años después de su encuentro, a través de la voz de la mujer, que lo narra desde su perspectiva. La narradora es ella y empieza presentando a ambos personajes, así como a la tristeza que les atañe con respecto a sendos pasados y parejas y a la unión que se creó entre ellos. Escribe todo esto, reconoce la narradora, para «convocar su recuerdo y convocar también el olvido que me aparte de él lo suficiente y para siempre». Está hablando de aquel hombre que una vez fue gentil con ella cuando lo necesitaba, y también recuerda a su marido, Saúl. Dice que ella ha aprendido a soportar los malos recuerdos y que la delicadeza se le hace insufrible.
Uno de los temas centrales de la novela es la existencia y el sentido de la vida. Como decía Camus, el suicidio es el único problema serio. Pero la muerte es un tema de interés, así como el amor. No podemos escoger de quién nos enamoramos. Además, ¿qué es lo que hace que la gente se enamore? ¿De dónde surge el amor? ¿A partir de qué? ¿Cómo se desarrolla y sobrevive (o no) al paso del tiempo y al roce? ¿Cómo muere?
Antes de cada capítulo, la autora incluye citas de Edmund Burke que tejen la narración que se desarrolla a continuación. Esta novela tiene trazos autobiográficos, quizás influidos porque la autora perdió a sus padres en la Segunda Guerra Mundial. Ella construye a dos personajes, aunque él no nos habla en ningún momento, que cargan con los muertos del pasado mientras les crecen las sombras tanto dentro como fuera de sus cuerpos. Y el miedo a la muerte.
No hay nada que una más a dos personas que el miedo o el odio a algo. En este caso, ambos personajes compenetran sus respectivas soledades y dolores, porque descubren que sus heridas encajan bien, como piezas de un puzle fabricado adrede. La vejez se les aproxima, y sin embargo sus pasados están más cerca que nunca.
Esta obra breve destaca por la elegancia de la narración, aunque en realidad tiene poco interés. Puede leerse como una historia para evadirse, pero aporta poco, en mi opinión, porque apenas ocurre nada. La narradora habla sobre sí misma —y tampoco lo hace mucho— a través de varias historias, como una Sherezade moderna, también porque algunas parecen bíblicas. Cuando llegan el dolor, el duelo o ambos a la vez, la narradora reconoce entrar en la indiferencia. Como cualquier ser humano, también tiene contradicciones y sentimientos encontrados, pero el miedo a la pérdida y el terror ante lo que se siente no son discutibles. Creer que podemos estar solos y el miedo a no volver a estarlo o a estarlo, en eso se debate la vida.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Cuando dos personajes aquejados por la soledad se encuentran y compenetran gracias a ella puede producirse un efecto gratificante, a veces casi sanador. Y esta unión, este enlace entre un roto y un descosío, como diría mi abuela, lo encontramos, además de en esta novela, en otra a la que me ha recordado y que me gustó mucho más: Agathe, de Anne Cathrine Bomann.

