Autor/a español/a · Narrativa

Ni siquiera los muertos, de Juan Gómez Bárcena

Ni siquiera los muertos (Sexto Piso, 2020), de Juan Gómez Bárcena.

En tiempos de coronavirus, encontrarse con una epidemia en las páginas de una novela no provoca, precisamente, sorpresa. Ni siquiera los muertos (Sexto Piso, 2020) se sitúa en un tiempo remoto, de conquistadores e indios. El autor, Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), la engendró en 2009, pero la retomó en 2016 y se ha publicado poco antes de que la actual pandemia golpeara la «vida normal».

La historia comienza alrededor de 1545. El riesgo de la extinción de la raza indígena y la epidemia que arrasa a las tribus amerindias —y que no ataca a los conquistadores españoles— sirven de contexto para un relato de persecución. Juan de Toñanes, antiguo soldado español venido a menos y sin gloria, recibe el encargo de perseguir a otro Juan, un indio que se ha rebelado contra la fe cristiana y el Imperio español y al que hay que atrapar. La acometida consiste en cazar al indio renegado y volver con él, cueste lo que cueste: un triángulo de «juanes» que tiene como epicentro al propio autor.

Así, desde el México recién conquistado y bautizado como Nueva España hasta los Estados Unidos actuales de Trump, Juan de Toñanes persigue a través de los siglos y de los territorios a un hombre que es a la vez persona, sombra y símbolo. En su viaje hacia el norte, siempre hacia el norte, Toñanes se encuentra con un individuo que parece fundar un tiempo nuevo allá por donde pasa y al que muchos esperan, como un dios, para que los libere. Juan de Toñanes es un soldado que no destaca en ningún sentido, pero que siempre ha cumplido sus misiones. Tabernero reservado y con aires de fracaso a sus espaldas, parece emprender esta empresa arriesgada con el objetivo de agarrarse a una historia hostil.

En esta novela narrada en tercera persona, la historia del pasado, unida por el hilo de la memoria al presente, se dibuja en esta obra llena de matices e iconos. Gómez Bárcena articula un lenguaje propio de los cronistas de la época. Así, el manejo espectacular y admirable del lenguaje se une a un vasto trabajo de documentación para aportar verosimilitud a la novela.

El narrador desgrana la psicología de Juan. Este ha visto sangre y masacre perpetradas por españoles y por indios. Es un hombre sin esperanzas que se conforma con dormir, olvidar y mantenerse callado, y ha creado una mentalidad propia alejada de toda violencia en nombre de ideales y adalides como la fiebre del oro, siempre tan atractiva. Los conquistadores, además, se muestran contrarios a educar a los indios y, en cierto modo, también rechazan la religión por la insensibilidad que requieren las misiones que encargan.

La narración es abundante y apenas hay diálogos en esta trama con trazas de wéstern. Juan recorre un camino plagado de espinas, silencios y tierras asoladas por la mano del hombre. Mientras viaja en busca del indio Juan, una peste aniquila la comunidad indígena, quizás traída por los españoles, que son inmunes a ella. Toñanes se tropieza con este mal, con la supuesta misión evangelizadora de la Iglesia y con la búsqueda de riquezas. Va tras una mirada, la del indio Juan, que es inenarrable según aquellos que la han visto. Es la mirada de alguien que una vez fue muy religioso, pero que ha desafiado las leyes. Como siempre, la culpa es de los otros.

El camino que Juan de Toñanes hace en busca del indio Juan es también un camino de búsqueda de sí mismo. Mira su pasado, quién es ahora. Ahonda en el alma del ser humano y percibe la cruel realidad: homo homini lupus. A veces se actúa sin tener razones y sin tener la razón. Juan, además, no encaja como español. No es un conquistador, no asesina y no desprecia con palabras ni gestos a los indios. No entra en su ideario considerarlos como seres femeninos e infantiles ni como bestias. Por eso, Toñanes piensa que los españoles son la peste y apuesta por hablar cuando todos callan.

Ni siquiera los muertos tiene una gran carga de religiosidad debido al tiempo y al lugar en que se desarrolla gran parte de la historia. El lenguaje y el ritmo son bíblicos, y la aventura del protagonista tiene, además, algo de mesiánico en su deambular secular. Es importante destacar la traslación temporal que ha realizado el autor para escribir, desde el siglo XXI, una novela de hace quinientos años como si estuviera allí y lo hubiera vivido. El narrador juega con el tiempo, lo moldea. La realidad cambiante con el paso de los siglos, sin embargo, mantiene cierta esencia incólume en la persona del protagonista.

Hay momentos en que el lector se pregunta cuántos legajos, documentos y, sobre todo, cuánto tiempo de documentación hay detrás de esta novela. También se cuestiona cuánto hay de verdad y cuánto de mentira entre estas páginas donde el narrador adapta los lenguajes y las maneras a las épocas. El ritmo se mantiene estable a lo largo de la novela, aunque hacia la mitad baja y se vuelve acompasado, justo cuando la velocidad de la historia comienza a ir in crescendo y los años se suceden veloces. No destaca tampoco por mantener la tensión alta, pero la coherencia temporal es digna de mencionar por la dificultad que supone en una novela como esta.

Por momentos se palpa la crudeza de la existencia de un Juan sin tierra que deja todo a cambio de nada. Aquí, el porvenir de la carne que se agosta y muere justifica el viaje exterior e interior del protagonista. Es el baile de dos personajes que no se dan alcance y que se metamorfosean con el paso de los años. Al fin y al cabo, nos terminamos pareciendo a aquello que seguimos o que anhelamos perseguir, sobre todo cuando el objetivo es perseguirse a uno mismo y perseguir también un futuro mejor para ti y los tuyos.

Este futuro, nos dicen, está hacia el norte, siempre hacia el norte. Así llegamos a la historia actual de dos países, México y Estados Unidos, sus gentes y su situación socioeconómica. Se llega a un mundo, en definitiva, donde el capitalismo actúa como una bestia que, a dentelladas de papel verde, arranca vidas, sueños y familias. La crítica al capitalismo se une a la denuncia del colonialismo y las conquistas. La inmigración, el cambio climático e incluso la guerra nuclear también tienen su espacio dentro de un marco donde prevalece con fuerza el ser humano y su insignificancia.

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