Autor/a español/a · Ensayo

Calomarde, de Sergio del Molino

Calomarde. El hijo bastardo de las luces (Libros del K.O.), de Sergio del Molino.

Como esta reseña va para mi blog, no tengo por qué cortarme al decir que devoro todo lo que escribe y publica Sergio del Molino. Es mi escritor vivo favorito en la actualidad, he leído la mayoría de sus libros.

Con Calomarde se abre a nuevos mundos. Después de libros con mucha autobiografía —La hora violeta, La mirada de los peces y Lo que a nadie le importa—, y de ensayos sobre el éxodo rural o taras del mapa nacional —La España vacía y Lugares fuera de sitio—, del Molino sorprende con esta mini-biografía de un personaje histórico muy desconocido y que, sin embargo, tuvo una importancia capital.

Con un índice cronológico al principio del volumen que ayuda a situar al lector en su lectura de los acontecimientos, el autor nos presenta con tu particular forma de narrar y que a mí tanto me gusta la vida y obra de Francisco Tadeo Calomarde (1773-1842). Calomarde fue un político español de los siglos XVIII y XIX, ministro de Gracia y Justicia durante el reinado de Fernando VII y, según se nos dice, dirigió la represión contra Torrijos y Mariana Pineda y sus posteriores asesinatos.

De infancia labriega y campesina, Calomarde consiguió abrirse paso de un pueblo de Teruel hasta Zaragoza, donde estudió Leyes en 1788, y de ahí a Madrid, para no volver jamás a su pueblo, no sabemos si ni siquiera para enterrar a sus padres, aunque luego no se quedaría siempre en Madrid, ni mucho menos.

Así, irá ascendiendo socialmente en una época sin becas ni ayudas del Estado. Sin embargo, como dice del Molino, «aunque no era gato, sabía caer siempre de pie». Se casó y enseguida envió a su esposa lejos de él, manchó la honra de su suegro y de alejó de la persona más poderosa en España en ese momento: Manuel Godoy, al que llegó a conocer.

Para que suene un poco más su nombre, he de decir que Calomarde realizó la primera reforma del sistema educativo, si puede llamarse así, a partir de la cual creó escuelas de tauromaquia, fomentó la enseñanza de mucha patria y religión, eliminó contenidos como Voltaire y el ateísmo y suprimió la validez de los títulos otorgados durante la etapa liberal, por lo que muchos abogados y médicos que habían promocionado en esa época se quedaron, de repente, sin reconocimiento y sin poder ejercer.

Sin embargo, y aquí hemos de romper una lanza a su favor —la primera y la última—, Calomarde también dejó escrito por ley que todos los niños y niñas debían tener acceso a la enseñanza y a aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir. Y prohibió el maltrato físico en las escuelas. Ninguna de las dos se cumplió, sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX.

Calomarde participó en alguna que otra conspiración carlista cuando se planteó a Carlos María Isidro como sustituyo de Fernando VII en lugar de que lo fuera la hija de este, futura Isabel II. A partir de aquí suprimió cualquier traza de liberalismo que pudiera verse en el país e instauró con solvencia los fueros y la religión por doquier. Tras la definitiva victoria de María Cristina y Espartero en pro de los liberales, Calomarde se vio obligado a exiliarse a Francia, sin dinero ni propiedades, excepto el pecunio que su olvidada esposa le hacía llegar.

Desde el país galo quiso unirse a los carlistas, pero poco pudo hacer por ellos, porque Europa ya no era absolutista y Carlos María Isidro pocos apoyos podría recibir. Nuestro protagonista fue, en definitiva, un oportunista que no levantó simpatías en ninguna parte, excepto en Teruel, donde tiene una calle.

Exceptuando la referencia final que hace el autor comparando a Alfonso Guerra y Calomarde en algunos matices, esta me parece una obra sobresaliente. Ojalá los libros de Historia del instituto estuvieran tan bien escritos y narrados con una sencillez que no se hace bola, más bien al contrario, anima a seguir leyendo más sobre este curioso personaje. El éxodo rural, por ejemplo, es un tema que a mí no me atrae apenas. Sin embargo, en La España vacía me deslumbró, hizo del tema un hito, un asunto de interés por cómo habla de él.

Este personaje, Calomarde, era un total desconocido para mí, pero compré el libro por ser de del Molino, e hice bien. Me ha encantado leerlo con ese lenguaje fresco y atractivo, con algún toque de humor que siempre encaja adecuadamente en la narración hipnotizante de este autor en torno a Calomarde, un político al que deberíamos conocer más —ahora tenemos la oportunidad gracias a este libro breve y jugosísimo—.

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