Autor/a extranjero/a·Narrativa

“El asno de oro”, de Apuleyo

Un clásico de oro.

El asno de oro o La metamorfosis (Editorial Juventud, 2006), de Apuleyo y traducido por Vicente López Soto, es uno de esos clásicos latinos que no deja indiferente a nadie. Hace tiempo leí un titular en la prensa que decía que hoy en día puede ser más estimulante leer a Ovidio (autor latino al que abordaré en los próximos meses) que a David Foster Wallace. Y, bueno, vivimos en una sociedad que ha dejado en un segundo plano a los autores clásicos griegos y latinos, que se presuponen importantes, no quiero imaginarme a otros menos conocidos.

Este libro es un romance satírico sobre la naturaleza. En él, Apuleyo, de historia incierta aunque expuesta detalladamente al principio de esta edición, se burla de las supersticiones, de la magia y de las creencias de la época. Lucio es el protagonista de esta historia tan pintoresca que se nos cuenta en todo momento en primera persona. La novela comienza con Lucio emprendiendo un viaje. Por el camino, al igual que ocurrirá a lo largo de la novela, o bien Lucio o bien otros personajes nos irán contando historias mitológicas como la famosa de Eros y Psique y otras de carácter popular.

Al llegar a una ciudad, Lucio se hospeda en casa de un hombre rico y de su mujer, una maga. Un día, Lucio ve a la señora de la casa transformarse en búho, y le pide a su sirvienta y amada Fotis que lo ayude a transformarse en ave, pero Fotis se equivoca de conjuro y lo transforma en un asno (Fotis le advierte de que la única forma de volver a su forma humana es ingerir unas rosas). Entonces, unos ladrones irrumpen en la casa de Milón, que es como se llama el dueño de la casa, y se llevan tesoros y riquezas, cargándolas en los caballos de Milón y en el asno (Lucio), que también se encontraba en el establo.

Una vez que el asno es llevado lejos de allí, vivirá numerosas experiencias en su nueva forma, llegando a ayudar a liberarse a una doncella (también secuestrada por los ladrones), aunque sin éxito, pues estos desbarataron su fuga. Lucio es un asno peculiar, porque piensa de forma humana y actúa en consecuencia siempre que puede, pero no puede hablar como un humano, llegando a veces a gritar la primera sílaba de las frases que en realidad le gustaría decir.

La aparición de un joven caballero cambiará el rumbo de los acontecimientos, pues se infiltrará entre los ladrones como uno más cuando es, en realidad, el prometido de la doncella. Emborrachando y atando a los ladrones, liberará a la doncella y al asno. Sin embargo, la Fortuna (como Lucio la llama) no le sonreirá nunca, pues siempre que consigue salvarse por los pelos vuelve a correr algún peligro. De hecho, los propios ladrones ya habían pensado en matar al asno por intentar fugarse con la doncella, pero la aparición del caballero lo salvó.

Una vez salvado, será entregado a una familia que lo obligará a trabajar en la rueda del molino, a transportar leña… y todo ello siendo mal alimentado y siendo muy maltratado. Lucio también pasará por muchas otras manos, casi todas malvadas, que lo maltratarán hasta el punto de que se desmaye de dolor o que desee tirarse por los acantilados por los que pasa para dejar de sufrir esas penurias. Lucio sufrirá ataques de perros, ataques de aldeanos enfurecidos, será vendido en el mercado varias veces, escapará de la muerte de milagro en diversas ocasiones e, incluso, intentarán castrarlo y cocinarlo. Pero siempre se escapará (o lo salvarán otros) de alguna manera.

Al final, Lucio, conseguirá escapar a un monte, y pedirá a la diosa Ceres que lo salve, y esta le guiará hacia su metamorfosis. Así, Lucio se convertirá en un devoto de la diosa Ceres. Es curioso que Lucio llame Isis a la diosa Ceres y Osiris al dios Júpiter, quizás porque nació en África, donde, pese a nacer en provincia romana, la influencia de los dioses egipcios hizo mella. Así, recuperando su forma humana, Lucio se convertirá en un abogado que se enriquecerá y que agradecerá eternamente a Ceres su metamorfosis.

Todas las historias que se cuentan mientras Lucio vive mil y una aventuras tienen parecido con los cuentos que leí hace unos años en el Decamerón de Giovanni Boccaccio. Tratan temas tan comunes como el amor, la muerte, la inteligencia, la envidia y la venganza, y otros no tan típicos como el engaño, la astucia, la malicia, el suicidio, el adulterio (muy recurrente, por cierto) e, incluso, sobre ataques de dragones. Son todos ellos cuentos trágicos. Aunque guardan cierta ironía y burla de la sociedad de la época, también tienen una carga de tristeza que conmueve. También me recuerda este libro al Lazarillo de Tormes por la multitud de amos que llega a tener Lucio.

Creo que, al fin y al cabo, los libros clásicos, aunque pertenezcan a diferentes épocas, están relacionados entre sí y guardan un denominador común: las metáforas, las enseñanzas morales y la crítica, ya sea a la religión, a la sociedad en general o a ciertos elementos en particular. Creo también que hay que reivindicar estas obras tan antiguas e inteligentes, predecesoras de las historias actuales. Qué sería de los bestsellers (de los que no soy muy amigo, por cierto) que ahora colman las listas de éxitos sin clásicos como este, sin autores tan antiguos y tan desarrollados para su época como Apuleyo. Sigamos confiando en la antigüedad y fijándonos en ella y en la Historia para seguir avanzando. Ya lo dice Nuccio Ordine en Clásicos para la vida y en La utilidad de lo inútil, dos de sus libros, ambos reseñados en este blog y que tengo, por cierto, firmados por el autor, al que admiro mucho y siempre que puedo nombro y pongo como ejemplo de defensor de las Humanidades.

Larga vida a los asnos de oro y a los cuentos populares que pasaron de boca en boca hasta que alguien los transcribió sobre tablillas. Vale.

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