Autor/a español/a·Narrativa

Los gatos pardos, de Ginés Sánchez

Los gatos pardos (Tusquets, 2013), de Ginés Sánchez.

Tres vidas, a cual más curiosa, que se cruzan en la noche de San Juan de 2011.

Los gatos pardos (Tusquets, 2013), de Ginés Sánchez, es una novela cuya sinopsis me atrajo y cuya portada me repelió. Comencé a leerla con cierta reticencia y, de hecho, al principio me costó cogerle el hilo y casi perdí las ganas, pero me forcé a seguir confiando en que mejoraría. Y así fue. Esta novela ganó el Premio Tusquets de Novela de 2013, y se divide en cuatro partes. Las tres primeras sobre Jacinto, María y Ginés respectivamente, y la última parte es una especie de conclusión, el cierre del telón.

En la primera parte, se nos presenta a un mejicano llamado Jacinto. Durante todo el capítulo, Jacinto se encargará con diferentes amigos de torturar o matar a ciertas personas que el gran hombre, su jefe don Jorge Illescas, le encarga. Me gustó mucho esa parte porque me encantan los enfrentamientos entre familias, tipo los Capuleto contra los Montesco de Romeo y Julieta, en este caso con otros apellidos españoles que tiene lugar como digo en la primera parte de la novela. Este es un libro cuya primera parte me recordó, inexorablemente, a otro libro llamado La asamblea de los muertos, de Tomás Bárbulo. De hecho, en ambas sale un personaje al que llaman Chato.

En la segunda parte, María es una niña que vive con su autoritaria y borracha madre y su hermano Bruno, que es un bebé. Y sale durante ciertas páginas un personaje llamado Mario que, en cierto modo, atrae a María (si salen personajes que se llaman como yo tengo que destacarlo, lo siento). María vive una aventura loca la noche de San Juan con su amiga Rocío, David el Mono y el Chato. La noche terminará desbocándose y a la mañana siguiente María tendrá que reconstruir lo ocurrido y volver a su casa, aunque no lo hará del todo, sino que se irá a la de su vecino Ginés (protagonista de la tercera parte del libro) y allí se esconderá hasta que se marche para siempre de allí mientras su victimizada madre moviliza a los medios para encontrarla.

Al final, la gracia del libro es que las tres historias están enlazadas. El Chino, uno de los personaje de la primera historia, llama al Chato, que en la segunda historia es uno de los protagonistas. Y Jacinto, protagonista de la primera historia, en el futuro conocerá a María, protagonista de la segunda historia. Y María huirá durante la segunda historia, como dije anteriormente, a casa de Ginés, que es el protagonista de la tercera parte. En fin, una estrategia que al final desemboca en que todos somos primos hermanos.

Podría decirse, tal y como se insinúa en el libro, que María (o, como la llama Ginés, Mariamne) es una Lolita calcada a la de Vladimir Nabokov, pues comparte muchos de sus atributos y habilidades, aunque adaptadas al siglo XXI.

En la tercera historia, Ginés se nos ha presentado como un vecino tranquilo, silencioso, introvertido, que volvió del extranjero para cuidar a su madre enferma. Pero en la tercera se desenmascarará a un asesino en serie peligroso, calculador y maniático que protege a María en su casa cuando ésta lo necesita. Se nos narra cómo Ginés, en un viaje de vacaciones siendo adolescente, mató a una pareja de franceses que eran vecinos de su casa de veraneo. Y también el resto de asesinatos que los sucedieron, siempre con esa pareja como base, como comienzo, como principio antes de asesinar a los demás y arrancarle (cuando el pobre Ginés tiene tiempo) las cejas, los labios, la lengua, etcétera. Ginés te hace cómplice de sus crímenes y casi te hace sentir un asesino.

Admiro, por tanto, la labor del autor, que ha terminado haciendo que me guste una novela que por fuera me parecía que contendría solo paja. La última parte, concretamente las últimas líneas en las que el autor entremezcla el agua y las ramblas, me parece tan fascinante por su capacidad de aglutinar ahí la historia misma del libro, la vida de María y Jacinto, sin olvidar a Ginés.

Es una historia que puede pasar desapercibida y que no merece ser infravalorada, ni mucho menos. Me ha tenido alerta, me ha hecho sobresaltarme en ciertos momentos, compadecerme…

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