Federico (Lumen, 2020), de Ilu Ros.

Quien me conoce sabe que tengo debilidad por Federico García Lorca. Tanto por su vida como por su obra. Aunque no he leído mucho de él, Federico, como figura, me llama mucho la atención, y no sé por qué ni desde cuándo me ocurre esto. Igual que con John Kennedy Toole, con Federico me siento muy identificado, aunque no compartamos demasiadas cosas. Quizás solo coincidamos, los tres, en que estuvimos vivos (yo aún lo estoy, creo), pero ese suceso, el de la vida, es suficiente para poner por escrito el tormento que se comparte en el mundo.

Federico (Lumen, 2020) es un cómic sobre la vida y obra del genio granadino. Diciendo solo «Federico», el interlocutor ya debería saber quién es sin necesidad de apellidos, y muchas veces ocurre así, por lo que tiene mérito. Esta novela gráfica de Ilu Ros (Mula, Murcia, 1985) quedó finalista del Poster Prize for Illustration.

En ella, conocemos en profundidad al poeta y dramaturgo andaluz. La autora se sirve de conferencias que dio, cartas que escribió y de la mirada y los testimonios de aquellos que le conocieron, aunque también tiene algo de ficción. Porque entre estas páginas aparece Federico, su rostro surcado de lágrimas o con una sonrisa infinita, aunque la tristeza y el desasosiego en la mirada no parecen abandonarlo nunca.

Esos gestos no siempre quedaron retratados ni implícita ni explícitamente en su obra, por lo que la autora los retrata aquí con dibujos y trazos a priori irregulares. Incluye dibujos de planos detalles de las manos, como el que da inicio al libro, o de los ojos de Federico a gran tamaño en la página siguiente. Cabe destacar la belleza de los dibujos y la capacidad de sus trazos para llegar al lector. Son dibujos que llenan toda la página o que se dividen por viñetas, variando así el ritmo de la lectura. Hay mucha letra escrita a mano que también refleja el dialecto andaluz.

Ilu Ros también usa entrevistas que le hicieron a Federico, como una de Giménez Caballero de 1928 donde le pregunta sobre su vida, sus padres y su infancia para que sea él mismo quien lo cuente. Al final del libro, la autora incluye una bibliografía con todas las referencias utilizadas.

El libro está dividido en actos en honor a su trabajo como dramaturgo, y entre sus páginas se nos desvelan detalles de la vida de Federico que no son vox populi, a diferencia de otros, que también cuenta, como su amistad con Dalí, que sí lo son. Por ejemplo, se nos dice que Federico tenía una pierna ligeramente más larga que otra, que tenía pies planos y una torpeza al moverse que desaparecía cuando se sentaba a tocar el piano o a escribir.

El escritor granadino no brilló académicamente ni en el colegio ni en la universidad. Por supuesto, no porque no fuera capaz, sino porque estos le parecían aburridos; él tenía una vida y un mundo interior mucho más interesantes. Se dice que cuando era pequeño, durante una tormenta, cayó un rayo que lo atravesó. A partir de entonces, Federico pareció tocado por los dioses: todo lo que tocaba, todo lo que decía, era magnífico; un rayo que no cesa, como el poemario de Miguel Hernández. Era un ángel en la Tierra.

También se habla de su lugar de encuentro con otros artistas, el Rinconcillo, que era al parecer un Café Gijón a la granadina. Luego, se marchó a Madrid, a la Residencia de Estudiantes, y estableció una relación de amistad con Dalí y Buñuel. Allí, en la Resi, vivió numerosas aventuras y, como confesaron sus más allegados, empezó a tener una casi obsesión por el tema de la muerte. A los andaluces que iban a la Resi a estudiar los llamaban «perros andaluces», y ya sabemos todos quiénes participaron en una película del mismo nombre: dos amigos de Federico.

Empezó a publicar gracias a que su padre sufragaba los gastos de impresión, y así se desarrolló su vida, con la posterior creación de La Barraca y sus viajes por Estados Unidos, Canadá y Cuba. Fue allí, en el país caribeño, donde reconoció ser muy feliz. Federico se inspiró en personas de su alrededor (familiares, amigos…) para crear personajes de sus obras, que le hicieron vivir altibajos. Si bien el Romancero gitano tuvo gran éxito, también recibió una crítica negativa que fue dolorosa por quien la emitía, su amigo Dalí.

A partir de 1927, las cartas que Ilu Ros incluye se tornan más tristes; parece estar perdido, anhelante de algo que no encuentra (de nuevo me recuerda a John Kennedy Toole, que buscó algo, quizás encajar, y que al final decidió desaparecer de un mundo donde no tenía sitio). En 1936 llega el horror, que deja un vacío en el corazón. El 18 de julio es la sublevación; precisamente, San Federico. Ilu Ros narra el final del poeta apenas sin palabras, porque no son necesarias. Es una daga que te cruza el pecho y te deja sin respiración. El horror no duele menos por conocerlo.

Este libro de Ilu Ros es un repaso muy completo pese a su brevedad, y además animado con dibujos, por la vida de uno de los poetas más grandes de las letras españolas. Para mayor gozo del lector, incluye poemas del mismo, y todo el alma de Federico está impresa en esas letras. Él está presente en el libro, que informa, que alienta, y que duele mucho. Pero qué belleza. Malditos todos los que callaron la voz del poeta. Malditos todos ellos. ¡Federico vive!

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado, como no podía ser de otra manera, a todos los libros de Federico o en torno a él que he leído, que son tantos que no mencionaré. Aunque son más los que tengo y que no he leído aún. Federico, como figura, como dije al principio de la reseña, me recuerda a John Kennedy Toole. Son dos escritores malditos que me acompañan, a los que admiro y por los que siento una gran admiración y afecto. Tuvieron finales diferentes, pero no por ello con distinto dolor en el corazón cuando este llegó.


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