pequeñas mujeres rojas (Anagrama, 2020), de Marta Sanz.

Los carteles son manipulables, como los seres humanos. Unas líneas de espray de grafitis pueden hacer que un lugar pase de llamarse Azafrán a Azufrón. Eso ocurre en el pueblo al que viaja la protagonista de pequeñas mujeres rojas (Anagrama, 2020). Sí, el título comienza con minúsculas.

Paula Quiñones viaja a Azafrán para trabajar en la búsqueda y recuperación de restos óseos de las fosas comunes que la guerra civil cavó allí. Se aloja en el Hotel de los Beato, donde vive una familia que, con sus actos, construye por sí sola la trama y marcará la estancia de Paula allí.

Antes de llegar al hotel, Paula halla un cartel con el nombre del pueblo mancillado. Donde debía poner Azafrán se lee Azufrón. Del condimento frágil y exquisito se pasa al azufre. Dos caras de un mismo pueblo, o quizás dos pueblos diferentes que se confunden sobre el mismo suelo.

Azafrán, o Azufrón, parece estar en el sur de España, por el calor que hace y porque reúne muchas de las fosas descubiertas hasta ahora. Allí viaja Paula, pero no es ella la que nos cuenta la historia, sino su amiga Luz, con la que se comunica por carta durante su estancia en el pueblo, y con el paso de las páginas descubriremos por qué es así. La voz de las mujeres muertas y de los niños perdidos atraviesan la tierra en vertical para participar también en la narración.

La narración está situada en 2020, aunque los hechos que relata ocurrieron en 2012. En ella, Paula se mueve entre mujeres, niños y quijadas enterradas, y se habla de su infancia, sus aficiones y su forma de ser. El pueblo se mantiene sobre mimbres viejos y viejos con aliento a anís. Paula se agarra a David (el pequeño de los Beato, hijo de la dueña del hotel), un hombre de su edad aparentemente superdotado y farmacéutico de profesión que parece alejarse de la desconfianza que la familia Beato profesa a Paula.

Los vecinos son reticentes a hablar con ella de la guerra o de los muertos, y Paula, aquejada por una cojera, deberá valerse por sí misma en un pueblo que le es hostil. Nada bueno puede salir de ahí. La historia nos muestra un marco que puede parecer relativamente tranquilo, pero recuperar el pasado para hacer justicia no gusta a todos, y corres el riesgo de que te silencien.

Paula trabaja para extraer restos óseos y también para descubrir los secretos y el pasado de la familia que regenta el hotel donde se aloja. El lector viaja del pasado al presente para analizar la juventud de Jesús Beato, el patriarca centenario de la familia, y de sus congéneres: progenitores de la troupe que alojó a Paula. Pero cuesta hacer justicia por el silencio impuesto o autoimpuesto y el rechazo a que remuevan el pasado. Paula significa «pequeña», pero en Azafrán debe evitar no empequeñecer y hacer justicia. «En algún lugar de los cuerpos borbotea el deseo de justicia» (p. 134).

Esto me recordó, durante la lectura, al acontecimiento de la guerra civil que más me interesa por motivos de cercanía. La Desbandá: la matanza que el bando sublevado infligió a los civiles —CIVILES— que huían por la carretera de Málaga hacia Almería en febrero de 1937. El ataque contra población civil con más muertos de la guerra civil, sí, aunque Guernica suene más. Nadie puede justificar la masacre (se calculan alrededor de dos mil o tres mil muertos) porque «se crea» (sin que esté demostrado) que entre los civiles iban soldados que intentaban huir. NADIE.

Para mi Trabajo Fin de Grado realicé, junto a una amiga, un reportaje audiovisual sobre la Desbandá. Entre las fuentes consultadas (supervivientes que entrevistamos) siempre se decía lo mismo: las familias que lo habían vivido lo negaban por vergüenza. Imponían silencio, y sus descendientes crecían sin conocerlo.

Volviendo a la novela, pequeñas mujeres rojas está dividida en tres partes y es el último libro de la trilogía del detective Zarco. En esta obra política se tratan temas como el ascenso de la ultraderecha, el cuerpo, la feminidad, la guerra civil y las fosas y cunetas que esta dejó. Marta Sanz va al grano sin abordarlos explícitamente. Maneja ambas dimensiones, es decir, manosea los temas y al mismo tiempo los deja reposar como quien no quiere la cosa, pero de forma que el lector repare en ellos.

La autora también introduce los temas con delicadeza, pero sin dejar atrás la reivindicación de justicia con rabia en la voz de los fusilados. A veces, estas voces parecen recriminar a los excavadores de las fosas que se rían mientras hacen algo tan triste y espinoso.

Quizás la novela parezca perder algo de interés con la relación sentimental entre Paula y David, pero con el paso de las páginas se ve que no es una relación que la autora ha introducido por rutina. Por otro lado, reconozco que la breve historia de Roque y Fausto y el destino de ambos me abrió un vacío en el interior. Durante las páginas en que se narra su historia me costó respirar.

La narración invita a dejar de lado el método científico por un momento y aferrarse a lo humano. Es la voz de las mujeres muertas y de los niños perdidos la que lucha contra la existencia de la familia Beato que, como urracas, «depositan en sus nidos todo lo que brilla. Y lo acumulan» (p. 94).

El estilo de Sanz en esta novela no es para todo el mundo, pero a mí me ha parecido riquísimo y exquisito. Pura poesía aunque sea sobre el dolor de las heridas profundas y abiertas. La autora pone voz a los fusilados durante la guerra civil y a las víctimas del franquismo y a través de ellos hace una crítica feroz al silencio, a mirar hacia otro lado y a las injusticias, siempre en defensa de recuperar los restos óseos y reivindicar la memoria histórica.

Los temas de la novela llegan hasta la actualidad, no solo por la temática, sino también por las referencias tecnológicas disparatadas (aunque creo entender su pertinencia y mensaje) que se incluyen en mitad de las escenas de los fusilamientos. Mantener el estilo durante más de trescientas páginas es un gran logro. No sé si no haber leído los otros libros de Zarco me permite disfrutar o comprender más este.

Se ha calificado pequeñas mujeres rojas de «novela negra». Lo «negro» no lo ve el lector hasta la mitad de la historia, cuando conoce mejor a los personajes y, más adelante, cuando ocurre algo impactante en el pueblo. Reúne a tres tipos de personajes: el que te habla pero no aparece (Luz), el que aparece porque te hablan de él (Paula) y los fantasmas (Zarco). Sanz reivindica el derecho a rescatar los orígenes y a seguir siendo auténticos, porque no son dos cosas contrapuestas.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): No he contado más de la novela para no destripar, porque es una historia digna de disfrutar (sobre todo por el estilo, ¿lo he dicho ya?). Pero sí voy a mencionar que en la familia Beato hubo un miembro que se exilió: Fausto. Este me ha recordado inevitablemente a la novela Mamá, de Jorge Fernández Díaz, y también a Secretos, de Mara Mahía. En ambas hay exiliados.


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