Cuando el amor no tenía nombre (La Marca Negra, 2018), de Jan J. Martí.

Cómo se puede ser tan atractivo siendo tan imbécil y tan despreciable. La belleza no siempre es un valor positivo.

Cuando el amor no tenía nombre, de Jan J. Martí

Cuando el amor no tenía nombre (La Marca Negra, 2018), de Jan J. Martí, es un libro que reúne menos de una decena de relatos sobre amor homosexual en el siglo XX, cuando eso era una desdicha, un castigo para la familia y para el propio homosexual, llamado invertido y considerado pecador. Cada relato aborda una historia personalizada de amor entre hombres o adolescentes, aunque todas ellas comparten ciertas características, como la superación o el poder del amor (Omnia vincit Amor, se diría en latín).

Entre estos cuentos nos encontramos con heridas que se abren, cartas en las que se rememoran abusos sufridos, infancias rotas y sus posteriores amores homosexuales, por supuesto mal vistos socialmente, unido al miedo a cometer cosas feas o sucias producido por ese temor que impone la religión a la libertad de amar. Todos los relatos comparten escenarios complejos, cuando no es la España franquista, es la Alemania nazi o, simplemente, la homosexualidad rampante que imperaba (e impera) en tantas zonas, como era común en aquella España profunda y sórdida.

El autor mezcla con magistral habilidad el lenguaje coloquial con el vulgar en algún que otro relato y maneja los diferentes registros con soltura y sin forzar la narración. Así, el autor nos va guiando a través de los sentimientos de los protagonistas con cautela, exponiendo a personajes de los bajos fondos, personajes desmoralizados y reprimidos, personajes temerosos porque la religión y la sociedad los han hecho temer.

Escribe con lirismo y con un lenguaje poético constante construye las historias, así como con una maestría e inteligencia asombrosas, no dejando cabos sueltos y sorprendiendo al lector en alguno de los finales de los relatos. Todos los encuentros amorosos llegan a buen puerto demasiado rápido, todas las escenas sexuales, que no son nada explícitas y muchas veces se obvian, ocurren cuando los protagonistas apenas se conocen. Son todos estos amores muy idealizados y cuasi-platónicos que inevitablemente recuerdan a otro libro, este sí sobre una historia de amor real, Deja de decir mentiras, de Philippe Besson.

El último relato es posiblemente el más largo y, aunque aburre al principio por la perorata constante de los personajes, al final del mismo incrementa el interés por las escenas y por saber qué ocurrirá. En todo momento, el autor escribe las historias de tal manera que se te clavan en la médula tanto los personajes como sus propias luchas personales, la supervivencia, su amor en situaciones adversas.

Quizás haya demasiada carga emocional o sentimentaloide en las historias. Sí es verdad que el libro necesita de ellas, pero podría prescindirse de algunos matices en favor de otros. Por otra parte, la multitud de faltas ortográficas que encontramos en todos los relatos (dos faltas por página más o menos) también empobrecen la calidad literaria que sí tiene el autor que, aparentemente sin esforzarse mucho por dibujar unos personajes templados, consigue retratar a unos protagonistas con los que es fácil empatizar.

Un libro recomendable, atractivo, interesante y útil personas de cualquier orientación sexual. Aunque las relaciones que aquí se recogen sean solo homosexuales y, concretamente, solo entre hombres, el Amor, así, en mayúsculas, parece ser un ente que a todos nos afecta en momentos determinados y que no podemos obviar. No podemos elegir de quién enamorarnos, y no podemos avergonzarnos de nada. Este libro deja clara muestra de que lo que la homosexualidad ha supuesto en otras épocas y no podemos dejar que se repita. Por eso, más libros y más libertad.


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