Autor/a extranjero/a·Libro testimonial

Vale un potosí, de Miquel Dewever-Plana e Isabelle Fougère

Vale un potosí (Blume, 2020), de Miquel Dewever-Plana e Isabelle Fougère y traducido por María Teresa Lema Garrett.

Cuando oigo hablar de mineros recuerdo, inevitablemente, el rescate de los treinta y tres trabajadores de la mina de San José, en Chile, en 2010. Aún recuerdo la angustia que transmitía el telediario tras el accidente que, sin embargo, tuvo un buen final. Ahora, Vale un potosí (Blume, 2020) me ha permitido adentrarme en las rutinas de los mineros y de sus familias, en este caso, de Bolivia.

Este libro incluye un ensayo fotográfico de Miquel Dewever-Plana (París, 1961) y una novela negra de Isabelle Fougère (Royan, 1968) traducida por María Teresa Lema Garrett. Casi ciento cincuenta fotografías llenan un libro de contenido excelso y un gran valor humano y testimonial.

Esta es la cuarta obra en común de ambos autores. La novela de Fougère está dividida en capítulos muy breves y tan entrelazados que ni siquiera comienzan en páginas aparte. En ella, la autora francesa traza una historia de intrigas y misterios en apenas ochenta páginas. Un grupo de mineros vive el asesinato de un compañero, mientras la jefa —doña Consuelo— investiga al autor de dicha muerte y la voz de El Tío se erige como coro de la historia.

El Tío es el dios del mundo subterráneo, una figura solemne y divina que habla con un lenguaje mundano. Es esa presencia tan pétrea como su lugar de reposo que, además, recibe ofrendas por parte de los mineros. En la novela se mezclan, por tanto, la superstición, las creencias y las tradiciones con otros temas. Doña Consuelo se erige como el poder femenino en un oficio de presencia abrumadoramente masculina. Ella tiene que hacer uso de su inteligencia para desentrañar el misterio mientras de fondo suenan las voces del Tío y también de la Pachamama —la Madre Tierra—. Fougère añade, además, algunas notas a pie de páginas con explicaciones del vocabulario del español de Bolivia.

Tanto la novela como las fotografías de la otra mitad del libro hablan de la minería en Potosí (Bolivia), una ciudad que se encuentra a 150 kilómetros de la capital del país —Sucre— y que fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987 por la UNESCO. El título, por tanto, juega con la expresión «valer un potosí» —que procede precisamente por las riquezas que poseía esta ciudad antaño— y el nombre de esta ciudad. La novela y el ensayo se complementan para formar un libro completo sobre la precariedad del trabajo en la mina y las enfermedades ligadas a él como la silicosis.

Muchas de las fotografías de Dewever-Plana están tomadas en el interior de la mina, por lo que se percibe una oscuridad irrompible. Sin embargo, hay miradas de mineros que dan luz. Con un prólogo de Gervasio Sánchez —Premio Nacional de Fotografía—, la parte de las fotografías congela la dura realidad de estas gentes. Van acompañadas a veces por breves textos y testimonios de los propios mineros y de sus familias, que hablan sobre la conquista española y sobre sus vidas. Actualmente no son esclavos, pero viven y trabajan en pésimas condiciones en el Cerro Rico, cuyo nombre hace gala de las riquezas que aglutina.

Los testimonios contextualizan de forma política, histórica y social la minería en Bolivia. La irregularidad de la roca, las mascarillas, el aire cargado, los silencios y las explosiones. Todo ello se encuentran en los túneles grises donde solo puede penetrar la ráfaga de la linterna frontal o un pico sobre el que el hombre ejerza su fuerza.

Algunas de las fotografías muestran a mineros en mitad del trabajo, tomando aire por la dificultad para respirar o bebiendo agua. Otras exponen las rutinas, las casas, las festividades y los rituales. Por ejemplo, mientras trabajan mastican hojas de coca porque tienen propiedades medicinales, sales minerales y vitaminas —además de que la coca en hoja no produce adicción, según el libro—.

Muchos de los testimonios que Dewever-Plana recoge son estremecedores. Ellos reconocen que el cerro mata la salud, pero es necesario para la subsistencia de muchas familias. Sus miradas y gestos resultan sobrecogedores en algunas fotografías, puesto que muestran un gran cansancio y una capacidad de resistencia mayor aún.

También tiene presencia el empoderamiento de las mujeres —palliris— y su independencia económica, que en muchas ocasiones trabajan en oficios relacionados con la minería. Realizan esos duros trabajos con un objetivo. Todos quieren un futuro mejor para sus hijos, para que estudien y «sean profesionales», tal y como dicen algunos de ellos. «La minería es el pulmón de Bolivia… ¡a costa de los pulmones de los mineros!», añade uno de ellos. Una frase que resume a la perfección aquello que este libro intenta transmitir con un contenido de alta calidad artística.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este es el primer libro que leo sobre minería, así que a priori no encuentro ninguna comparación. Por supuesto, cuando me llegó para que lo reseñara me recordó al rescate de los mineros chilenos de 2010 que ya cité al principio de la reseña, pero nada más. Mientras la escribía, creo recordar que escuché una canción de José Guardiola que, en un momento, citó la palabra «minero». También salió una canción de Antonio Molina, aunque no es la que te estás imaginando («soy minerooo»). Casualidades de la vida,

A veces, mientras escribo reseñas me pongo música. Normalmente escojo una playlist de música de hace unas décadas, porque son canciones que no me sé —por tanto no las puedo cantar, que con eso se me va mucha fuerza y me concentro peor— y que tienen un encanto especial, al menos para mí. Dos párrafos para no hablar sobre ninguna comparación. Pero bueno, así son las cosas.

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