El disputado voto del señor Cayo (Austral, 2020), de Miguel Delibes.

En 1978, Delibes publicó una obra que ahondaba en el desdén de la clase política hacia las zonas rurales. Ahora, en 2020, la España vacía ya tiene nombre e incluso plataformas políticas —Soria ¡YA!, por ejemplo—.

En esta novela de Miguel Delibes (1920-2010) encontramos un mundo rural abandonado a su suerte y que solo interesa como nicho de votos, o ni siquiera para eso. A un pueblo castellano en ruinas llegan tres miembros de un partido político. Allí se encontrarán con dos únicos habitantes —en realidad son tres: Cayo Fernández, su esposa y el vecino de estos—. Cayo es el alcalde de Cureña, un pueblo inventado, y se lleva mal con el otro vecino, por lo que les plantea a los jóvenes miembros del partido que van a visitarle: o le convencen a él para que les vote o persuaden a su vecino. Pero no a los dos.

Antes de la novela encontramos una breve nota del autor en la que reivindica, como siempre en todas sus obras, el campo español y el mundo rural. Esta historia no está dividida en capítulos, sino en breves separaciones cada varias páginas, y en ellas encontramos el contrapunto entre la experiencia, lo rural y la calma con la inexperiencia, lo urbano y la inmediatez.

Al principio de la novela se nos presenta un amplio elenco de personajes que hacen que el lector pueda perderse entre la maraña de nombres. Por una parte está Arturo, candidato del Partido —Delibes no se moja y llama así al partido de sus protagonistas— al Senado. Por otro lado está Víctor, que es el Diputado y que será quien viaje junto a otros dos miembros del partido —Rafa y Laly— al pueblo donde vive Cayo para hacer campaña electoral.

El Partido de los protagonistas es de ideología plana —por una tercera edad digna y una España justa, proclama—. Aunque el autor no se moja con el nombre, sí sabemos que es un grupo progresista. Además, en algunos pasajes de la novela se citan otros partidos que sí existieron realmente. Por ejemplo, se nombra a Alianza Popular, al PC —se nos dice que han sacado a personalidades como Camacho, Ana Belén o Paco Rabal anunciando que les votarán para incitar a la población— y, en otra parte de la historia, se habla de «la estrategia» de un tal Suárez —quién sabe si Delibes se refería a Adolfo—.

Los jóvenes miembros, los cargos más poderosos del Partido y sus acólitos preparan la búsqueda de votos y la campaña. Así, Víctor, Rafa y Laly irán a Las Hurdes —una zona rural y con prejuicios de vivir en condiciones infrahumanas en parte a causa del documental de Luis Buñuel—, donde hablarán con Cayo para convencerle de que les vote en la carrera contrarreloj por unir apoyos frente a las elecciones. Unos partidos boicotean a otros tapándose mutuamente los carteles electorales de las ciudades o afianzando rápidamente a alcaldes de municipios para que les voten a ellos y no al otro.

Estos son unos comicios que, según nos dice el narrador en tercera persona, se van a celebrar un 15 de junio. Esto, unido a que en otra parte de la novela se cita el año 1977 y a que el libro fue publicado en 1978, hace pensar que Delibes se está refiriendo a las primeras elecciones generales democráticas, las del 15 de junio de 1977.

Van allí como misioneros para llevar por el buen camino a los analfabetos y, sin embargo, se marchan habiendo aprendido labores de campo que desconocían a partir de la sabiduría inacabable del señor Cayo.

«En el llano el personal es más receloso que la leche», «no saben hacer la O con un canuto pero les jode que alguien trate de enseñarles algo», «ganarte el voto de un paleto es fácil», «a estos paletos con decirles que les vas a subir las pensiones y doblarles el precio del trigo, te los metes en el bolsillo» o «lo difícil es mentalizar a un paleto» son algunas de las críticas de los personajes —concretamente de Rafa, el macho alfa del grupo— hacia lo rural. Yo solo había leído la palabra «paleto» en un libro antes. Se trata de Doctor Sueño, de Stephen King. Creo que en Estados Unidos es común la palabra «paleto» para referirse a aquellos que viven en ranchos o en el campo, pero en España es más común decir «cateto». Sea como fuere, me llamó la atención esa palabra por la dureza con la que la expresaban aquí.

En cierto modo, los personajes de la novela emplean un lenguaje muchas veces vulgar y con palabras malsonantes, sobre todo en boca de los miembros del Partido. No había leído ningún libro de Delibes —y mira que he leído unos cuantos suyos— con unos personajes tan malhablados ni tan broncos entre ellos como lo son estos. La política, muchas veces, al menos de cara al público y en los últimos tiempos en España, es así: bronca, una lucha encarnizada por un sillón mullido y un bastón de mando de buena madera.

En Cayo vemos personificada la figura del hombre rural que intenta resistir contra viento y marea en una tierra abandonada. Él tiene ochenta y tres años, pero sigue trabajando en su huerto. De hecho, los protagonistas de la historia asisten a una clase de agricultura cuando van al pueblo a intentar convencerle de que les vote. Al final se olvidan de su misión y se quedan embobados con la inagotable fuente de sabiduría de ese hombre que lleva viviendo en y para la tierra toda su vida.

Cayo narrará la historia de su pueblo durante la guerra civil española, cuando ambos bandos asediaron los montes de alrededor y el propio municipio. Los habitantes, entonces, llegaron a estar hasta dos semanas encerrados en una cueva, hasta que los milicianos los dejaron tranquilos en uno de sus tantos ataques al pueblo, un municipio donde, entonces, el cura hacía las veces de alcalde cuando este faltaba. Cayo, ahora, vive sin televisión ni radio. Y alrededor de una mesa de vino y alimentos de la tierra les cuenta a sus invitados que su pueblo llegó a ser muy «jaranero».

Sin embargo, ha caído en declive, y eso a Cayo le duele. Él ha visto con sus propios ojos la marcha de los más jóvenes a la ciudad en busca de otro futuro y el fallecimiento de los últimos vecinos. Él nunca sale de su pueblo, tan solo va a un camino cercano a hablar con un amigo una vez al mes. Hasta entonces, vive en casa, recibe visitas ocasionales de sus hijos, que viven en la ciudad, y convive con su esposa, que es muda. Así que tan solo escucha una voz humana mensualmente. Cuando le preguntan qué opinaba de Franco, él dice que no opina nada. Al final de la novela, miembros de otro partido político vendrán en actitud chulesca, golpearán al buenazo de Víctor y se irán sin convencer a Cayo. Porque la gente del pueblo, según ellos, es paleta, pero saben distinguir buenas palabras e interés por la tradición frente a golpes y amenazas.

Finalmente, el propio Víctor se lamenta de que su país haya dejado morir el mundo rural —ay, Víctor, si yo te contara en 2020…— y se pregunta por qué su cultura y su forma de vida —la urbana— parece mejor que la del señor Cayo —la rural—. Al fin y al cabo, Cayo vive en su pueblo, allí se auto-abastece, conoce la naturaleza como la palma de su mano y conoce los ciclos, cuándo llueve, el animal que se cruza durante un instante en el camino o el fruto de aquel árbol.

Entre los tres personajes que van a visitarle encontramos a Víctor —el candidato pacífico—, Rafa —narcisista y machista— y Laly —la única mujer de la novela y también el único personaje con sentido común—. Exceptuando a Laly, en esta historia no hay mujeres, solo sirviendo cafés en la sede del Partido y a las que los hombres se quedan mirando embobados. Pero esto no es culpa de Delibes, sino de una sociedad recién entrada en la democracia que todavía estaba inmersa en un mundo intrínsecamente machista.

El machismo, contra todo pronóstico por lo que podría parecer, es un tema central de esta novela. De hecho, desde el principio ya se nos marca un camino, porque Delibes ya usaba el lenguaje inclusivo antes de que fuera mainstream —«muchachas y muchachos», dice en una de las primeras páginas—. El machismo en esta novela está personificado en Rafa, en quien se concentra todo el odio a lo rural, a sus habitantes y también la minusvaloración hacia las mujeres.

El patriarcado es otra vertiente que Delibes toca en estas páginas. «Con lo que el Partido tiene que acabar es con los señoritos y los parásitos», dice Laly. Lo que os decía: la única con sentido común. Pero también usan esa palabra para atacar, de nuevo, a los pueblos: «Si hay un reducto del viejo patriarcado, ése está aquí, Víctor, en estos pueblos».

Es difícil no perderse en el maremágnum de personajes que encontramos al principio de la novela, pero gracias a la multitud de diálogos —que lo copan casi todo, sobre todo en las primeras páginas—, la agilidad de la historia resulta digna de agradecer. Esta novela es una oda al bucolismo y al mundo rural fácil de leer y de amar, porque Delibes no escribe ni un libro malo, al menos eso pienso yo.

La historia tiene un final abierto que no me convence porque creo que podría haber terminado de otra manera. Además, el autor vuelve a caer en sus laísmos, además de utilizar palabros rústicos y localismos castellanos. La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, o La España vacía, de Sergio del Molino, son algunos libros que ensalzan la vida rural y hablan de su triste pérdida y abandono. Además, aquí el autor habla del campo como un oficio de utilidad completa:

«—¡Joder! En este pueblo todo sirve para algo.

—Natural —replicó el señor Cayo reanudando la marcha—: Todo lo que está, sirve. Para eso está, ¿no?»

Cuesta imaginar a Delibes, ese señor aparentemente tan rural, alabando a través de sus personajes a bandas de música como The Pink Floyd —sobre la que un personaje dice que «mola»— o The Eagles. Sin embargo, es una prueba más del buen hacer literario del autor vallisoletano y de cómo se interna en la mente de sus personajes para tejerlos adecuadamente.

Quizás sea más conocido por otras obras como Cinco horas con Mario, El camino, Las ratas o La sombra del ciprés es alargada. Sin embargo, este autor tan prolífico —mi escritor español fallecido favorito, no sé si lo he dejado claro ya— ha escrito aquí una historia brillante que sorprende por su sencillez aparente y por su buen hacer. Llega al corazón del lector, como siempre, desde el púlpito rural. No hay libro malo y menos si lo escribe Delibes.


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