Poema del cante jondo y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (Losada, 1970), de Federico García Lorca.

Lo más parecido a un ataque de arma blanca que he sentido ha sido la lectura de un poema. Con cada verso, la navaja se incrustaba en un punto diferente de mi abdomen. No sangré, pero me doblaba tras cada cuchillada. Al final, tan sano como malherido, tuve que sentarme para recuperar el aliento. Aunque estas líneas suenen a dramatismo y teatro, lo cierto es que la literatura, y en concreto la poesía, pueden dañarte cual arma.

La poesía hierve en la cabeza caliente de Federico García Lorca (1898-1936). Los versos efervescentes del poeta granadino están de nuevo en Poema del cante jondo y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (Losada, 1970). Este recopilatorio comienza con La baladilla de los tres ríos, donde habla del Guadalquivir, de Sevilla, y del Dauro y el Genil, ambos de Granada. Federico sigue el curso de los tres ríos y desarrolla sus características. Por ejemplo, de los ríos de Granada, dice: «solo reman los suspiros».

En otros poemas, los olivos, «cargados de gritos», lo ocupan todo. En un poema, el olivar está acompañado por una bandada de pájaro que cruza el cielo de noche mientras un junco tiembla a la orilla de un río. Una guitarra que llora, es inútil callarla, es imposible callarla, llora por cosas lejanas. La guitarra es un corazón malherido por cinco espadas. En principio, creí que era una metáfora del instrumento, pero las guitarras no tienen cinco cuerdas (que es lo que Federico podría haber sustituido por «espadas»), sino seis. El poeta dice que la guitarra llora por cosas lejanas y que su sonido es el llanto. Escribe sobre la guitarra más allá de un simple instrumento. Incluso como parte de un cuerpo que también adolece el dolor y la pena, como si fuera una extremidad más del ser humano. También la compara con personajes mitológicos, como un «Polifemo de oro».

En un poema anterior, Federico escribe: «una bandada de pájaros cautivos mueve sus larguísimas colas en lo sombrío». Si los pájaros mueven sus colas, es porque están volando. Si están volando, no están cautivos, se supone. ¿O es que acaso Federico escribió sobre unos pájaros existencialistas que, aun volando, se sentían prisioneros del mundo? Ese existencialismo, que a priori podría parecer una ida de olla mía, vuelve a aparecer en el último poema, llamado Y después, del conjunto titulado Siguiriyas. En él, habla sobre todo lo que se desvanece y queda desierto, que deriva en el fin: «La serpiente gorda del sur abre sus ojos en la madrugada, y hay en los durmientes un deseo infinito de arrojarse por el balcón a la magia perversa del perfume y la lejanía».

En estos poemas también «ascienden espirales de llanto» por la «tierra de luz, cielo de tierra». Hay dos poemas casi idénticos llamados Campana y Clamor, y en otros se menciona a personajes populares como Juan Breva y La Parrala, protagonistas de coplas. Más adelante, hay un diálogo entre un teniente coronel de la Guardia Civil, un sargento y un gitano que está cantando a la luna y al que después apalean sin razón por solo contar (y cantar, que se diferencia del verbo anterior por solo una letra) sus penas.

Federico introduce otra conversación, pero esta vez entre un jinete y un tal Amargo. El jinete, desde la soberbia que le otorga la altura de su caballo, le dice a Amargo que los cuchillos de oro son para el corazón y que los de plata cortan el cuello. Amargo, desde abajo, inocente, le responde que él entiende los cuchillos como utensilios para cortar el pan. Pero el jinete, que encarna la maldad humana, le responde que el pan se corta con la manos y que los cuchillos son para matar.

En Poema del cante jondo, Federico vuelve a desarrollar temas comunes en su obra como la naturaleza, la brisa, la lluvia y los olivos, con la inclusión de la guitarra personificada como representación de la música. Andalucía tiene una presencia fortísima, aunque solo menciona ciudades como Granada, Sevilla y Córdoba, y Málaga en una ocasión. Hay otros elementos curiosos con mucha presencia en estos versos. Por ejemplo, el color amarillo, así como los números. Tanto el cien como el seis aparecen en varios poemas, no sé si Federico los usó al azar o si los interpretaba con simbología.

Deja el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, escrito en 1935, para el final. Sin duda, es el mejor poema de todo el libro. Dividido en cuatro partes de diferente longitud, narra el fallecimiento de su amigo, el célebre torero, porque una tarde «la muerte puso huevos en la herida». En la segunda parte, lamenta su muerte y repite en varios versos «no quiero verla», refiriéndose a la sangre del torero muerto. Describe la forma de ser de Ignacio, y dice que tenía una fuerza como «un río de leones». De su muerte, añade: «Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera».

Federico escribe en la última parte del poema: «No te conoce el toro ni la higuera», maldiciendo que el paso del tiempo y la muerte se lo lleven todo, dejando solo olvido. Aun así, Federico lo recordará siempre para cantar la figura de un amigo que quiso y cuya muerte le rasgó las entrañas. Dos años después de la muerte de Ignacio, Federico fue asesinado. Solo dos años pudo cantar su muerte. No vivió ni cuarenta años, no escribió ni una tercera parte, seguramente, de todo lo que podía haber presentado al mundo para gozo de los lectores. Federico, como Ignacio, fue arrebatado de la vida demasiado pronto. Y yo, como él hizo entonces, repito: «no quiero verla, no quiero verla, no quiero verla».

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este poemario me ha recordado a otro del mismo autor, Romancero gitano, y a nada más, porque su poesía es incomparable. En esta recopilación, hay un poema titulado Camino donde Federico se pregunta dónde irán por el cielo yacente del naranjal cien jinetes enlutados, y esto me ha recordado a la canción de Cien gaviotas de Duncan Dhu, pues los jinetes son cien, como las gaviotas, y casualmente van por el cielo.


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