¿Soy yo normal?: Filias y parafilias sexuales (Anagrama, 2022), de Luisgé Martín.

En TikTok, circula una broma sobre que los callados y calladas de clase luego en la cama son verdaderos leones y muy pasionales. Esto viene a decir lo que es una realidad en muchos casos, y es que la gente cuando se trata de sexo suele actuar de manera que hallen placer, ya sea recibiéndolo o dándolo, de las diferentes maneras que el ser humano ha descubierto hasta ahora y con las diferentes posturas o técnicas, incluso con juguetes. De ahí libros como el Kamasutra. Y es que a nadie le amarga un dulce.

En ¿Soy yo normal?: Filias y parafilias sexuales (Anagrama, 2022), Luisgé Martín (Madrid, 1962) plantea cuestiones sobre el sexo. Se trata de un tema que debería tratarse con naturalidad pero al que la represión y la religión siempre han tapado con un velo de suciedad y tabú. Se ha hablado poco de sexo, aunque ahora la tendencia está cambiando. Es algo común y como tal debe tratarse para intentar que se haga lo mejor posible y que las personas que lo practiquen estén cómodas y obtengan placer, que de eso se trata esta vida, no de arrastrarse por un valle de lágrimas.

Este libro contiene reflexiones, experiencias e investigaciones de campo sobre el sexo y explora algunas de las parafilias, así llamadas, como pueden ser el sadomasoquismo, el fetichismo, el voyeurismo y otros temas como el incesto, la pederastia o la necrofilia. Así, Martín pretende analizar el sexo en todas sus versiones, desde las parafilias hasta las perversiones, y plantear un debate público sobre algo que se hace en la intimidad y que se silencia y que, sin embargo, convive con nosotros. Al fin y al cabo, es a lo que le debemos la vida y lo que nos otorga uno de los mayores placeres.

La sexualidad sigue siendo, aunque menos cada vez, «uno de los asuntos más cargados de secretos y de mentiras». Esto se va rompiendo poco a poco en el siglo XX gracias a el feminismo, la revolución sexual y los movimientos LGTBIQ+. Ahí se rompe con lo que se consideraba hasta entonces «normal» dentro de la sexualidad y del erotismo, para dar rienda suelta a lo que el ser humano realmente sentía.

Martín cita a numerosos autores, organizaciones y estudios y cómo estos analizaron los temas relacionados al sexo en función de su época. Pone una visión sobre lo que dice la ciencia y también habla de hechos reales que le han contado o que conoce. En cuanto a la ciencia, enfrenta a los biologicistas y a los constructivistas, que vienen a ser los que creen que somos lo que somos por nuestros genes y por nuestras circunstancias respectivamente. Los primeros dicen que el ser humano es como es y a cada individuo le toca ser así durante toda su vida a no ser que se modifique genéticamente. Sin embargo, los segundos dicen que se puede cambiar con la construcción social y modificando la conducta del mundo y la forma en que nos educan.

En estas páginas, el autor se pregunta qué es la normalidad en el sexo y por qué se tacha de extraño o se califican como «parafilia» aquellas actuaciones o gustos que se salen de la corriente general. Actualmente, hay parafilias que se consideran trastornos, pero no todas ellas lo son, como se hacía antes, y aquellas que se consideran trastornos es porque causan daño o incluso la muerte a otras personas. Como dice el propio autor, no hay ninguna conducta sexual, excepto la pedofilia, que resulte condenable, porque al fin y al cabo lo que predomina es el placer y la comodidad de los participantes.

Hay personas cuyos gustos sexuales no causan daño pero son extraños, y por tanto les impiden practicarlos con normalidad o les cuesta encontrar a alguien que acepte esas prácticas. Esto termina causando en ellos la incapacidad para llevarlas a cabo, lo cual deriva en ansiedad. Martín dice que podemos llegar a respetar este tipo de actuaciones o prácticas extrañas, pero no conseguimos a veces compartirlas o incluso entenderlas y por tanto llegamos a juzgar a esas personas o a pensar que, coloquialmente hablando, están mal de la cabeza.

Se ha hablado a veces de la relación que existe entre el desarrollo de parafilias sexuales y el nivel cultural del individuo. Sobre cómo la excitación sexual a veces elimina cualquier capacidad de raciocinio, incluso solapando y sobresaliendo ante otros placeres como el de la comida cuando se está hambriento. Es decir, los gustos y prácticas sexuales que a cada uno le dan más placer no pueden operarse quirúrgicamente —al menos por ahora— y se obtienen debido a las circunstancias del azar, a lo que se ha aprendido o a la imitación. Por ejemplo, se dice: «la atracción que nos produce el poder forma parte de nuestra naturaleza», y no se adquiere por la cultura, sino que viene de forma biológica o hereditaria, ya sea el dominar o el ser dominado.

El autor cita a un estudioso llamado James Cantor que propone una división de las parafilias: primero, aquellas que se dirigen hacia un hombre o mujer adulto, y otra categoría para todo lo demás, es decir, lo que pueden ser niños, objetos o animales. El autor dice: «Puede asegurarse que todos tenemos fetiches inofensivos» y que estos pueden crearse en la infancia o en la pubertad con el descubrimiento de la sexualidad.

Martín no ignora el tema de la homosexualidad, que la OMS no borró de su catálogo de enfermedades hasta el año 1990. Tampoco obvia otros temas como la asexualidad o la pornografía y sus posibles adicciones y consecuencias, así como la  masturbación, asunto tabú, sobre todo en ámbitos de gran apego religioso, creyente o de fe. Todos aquellos que practicaban algo más allá que el coito para procrear —es decir, la masturbación o el sexo por placer o con elementos o formas que se salieran de lo tradicional y estipulado por las normas sociales y morales— eran considerados corruptores del cuerpo y del alma, viciosos o pervertidos. Todo ello, por supuesto, siempre bajo el halo del pecado, que lo era todo.

El autor escribe sobre un sexo que permite disfrutar del cuerpo propio, de otro que busca la trascendencia del amor y de un último que busca la trascendencia de la muerte, como puede ser aquel en el que no se emplean medidas para protegerse de posibles enfermedades de transmisión sexual. Por ejemplo, hombres que buscan contagiarse a propósito de sida o que tienen sexo sin protección y luego quedan con la duda —de forma voluntaria— de si pueden haberse contagiado. A veces, el ser humano busca su propia destrucción, y si es a través del placer o el riesgo, que aportan adrenalina, pues lo hacen. Por algo los franceses llamaban al orgasmo «la pequeña muerte».

Luisgé Martín es autor de otros libros como El amor del revés o Cien noches, ganador del Premio Herralde de Novela. En ¿Soy yo normal?, el título plantea una pregunta, pero al terminar de leerlo el lector no sabe si se consigue una respuesta o bien más preguntas. El autor invita a eliminar el moralismo y la patologización de lo relacionado al sexo y al erotismo y mirar con la mente abierta. Anima a desvincular sexo y amor porque el sexo «no excluye los afectos, pero tampoco los necesita» y darle una categoría diferenciada a este. Como dice en el último párrafo, «el erotismo puede ser el acto humano más ridículo o el más sublime» y tiene sus objetivos, que son el placer y que esté consentido por todas las partes.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): No soy lector de libros sobre sexo, pero fui de cabeza a este porque la forma de escribir de Luisgé Martín me parece muy inteligente y sabría que me gustaría. Vengo a decir que no me ha recordado a ningún otro.


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