La casa más lejana (Volcano, 2019), de Henry Beston y traducido por Inés Clavero e Irene Oliva.
«La naturaleza, ese es mi país», escribió Henry Beston (1888-1968) en su diario, en francés, en 1926. Y en La casa más lejana. Un año de vida en la gran playa de Cape Cod (Volcano, 2019) tenemos la mejor prueba de ello. Voluntario en la Primera Guerra Mundial y estudiante de Harvard, Beston no tuvo una vida anodina tal y como se cuenta en el prólogo de Robert Finch, cuyo comienzo es demoledor, que ayuda al lector a conocer a este autor estadounidense.
En este libro, Beston relata su estancia en Cape Cod (Massachusetts, Estados Unidos), donde construyó una casa y se dedicó a observar la naturaleza, el paso de las aves o el romper de las olas del mar. La soledad inunda de manera oculta la mayoría de estas páginas, pero no es una soledad dañina, sino una de la que Beston sabe aprovecharse para unir su alma aún más a la naturaleza.
Beston escribe sobre la naturaleza más en clave poética que científica en estas páginas cargadas de lirismo. Es este lenguaje poético el que potencia un libro que, de otro modo, resultaría tedioso e inabordable para el grueso de lectores. Por momentos, Beston incluye un exceso de lirismo que empalaga, así como referencias geográficas, de fauna y flora. El lector que busque esto se encontrará con un libro de grandísima carga visual que le evocará a esos territorios en una época pasada.
El autor describe lugares como si de zonas místicas se tratara, donde tierra, mar y aire parecen confluir en un milagro de la vida y la naturaleza. Los colores anegan la naturaleza, sus elementos, las plantas que se agarran a la vida en las dunas o las aves que se pasean majestuosas por el espacio aéreo. Beston no creyó, de hecho, que llegaría a vivir allí, pero probó. Y gracias a ello ahora tenemos un libro como este.
Narrado en primera persona como no podía ser menos, Beston comienza su andadura por Cape Cod en otoño. Describe los sonidos del océanos y además de los ruidos de la naturaleza no encontramos apenas ningún otro vestigio corruptor del sonido nativo.
Algún diálogo breve aporta frescura y descomprime los párrafos densos donde Beston condensa la esencia de la naturaleza desde su óptica para que el lector se deleite. Así, el autor invita a apreciar el olor de las cosas en general y de la naturaleza en particular.
¿Quién no ha olido alguna vez el pino, el romero…? Beston nos ayuda en este libro, como ya lo hizo Mary Austin en otro libro de la editorial Volcano —La tierra de la lluvia escasa—, a apreciar la naturaleza y a vivirla como ya hicieron nuestros antepasados. Porque este libro es, en definitiva, una oda a la naturaleza, al mar, a la vida en ella, y sus descripciones anegan estas páginas que también recogen la evolución de la estancia de Beston allí. El final nos depara una conmovedora despedida de la naturaleza que clausura este libro traducido por Inés Clavero e Irene Oliva.
Si le quitaran el bigote, en alguna fotografía en la que aparece de perfil Beston se da un aire a John Kennedy Toole. Ambos murieron, curiosamente, con un año de diferencia y eran estadounidenses. Quizás no haya coincidencias entre ellos más allá de eso, pero siempre está bien recordar al padre literario de Ignatius Reilly, y más si es otro autor el que te evoca a él. Volcano ya ha demostrado que lo natural es leer. Y Beston es un buen autor para hacerlo si es la naturaleza el lugar donde queremos adentrarnos y quedarnos a vivir, aunque tan solo sea durante unas páginas.

