Autor/a extranjero/a·Narrativa

“El lecho de Procusto”, de Camil Petrescu

El lecho de Procusto (Gadir, 2007), de Camil Petrescu y traducido por Joaquín Garrigós

Dice la mitología griega que Procusto fue un bandido mitológico que, según se cree, era hijo de Poseidón. Más que Procusto, lo que sobrevive de sus leyendas es su lecho. El autor rumano Camil Petrescu titula esta novela en honor a él y a lo largo de sus páginas abordará temas como el amor, la literatura, el talento o la ortografía.

Aquí se nos cuentan dos versiones diferentes, la de ella y la de él, de una relación amorosa. Narrado en primera persona, la historia está relatada en forma de cartas, que los protagonistas envían no se sabe a quién, si a ellos mismos, al otro miembro de la pareja o a un tercero cuya identidad desconocemos.

En pleno período de Entreguerras y con una Rumanía al margen de Europa, el autor introduce a la par de la narración algunas notas a pie de página de cosecha propia y, muchas de ellas, larguísimas, tanto que se prolongan durante varias páginas. Mientras tanto, ambos protagonistas hacen zoom sobre sus propias versiones y sus amoríos en un intento de entrelazar ambas historias.

En estas cartas se huele el aroma pútrido y sobrecargado de la burguesía y la aristocracia existente entre los personajes de la novela, aunque el lenguaje no llega a ser demasiado altisonante ni culto. Pese a esto y a su extensión que roza las cuatrocientas páginas, es amena y de fácil lectura.

La novela está infestada de subordinadas y frases demasiado largas que dificultan y entorpecen la lectura, aunque algunas parecen imprescindibles. Así, Petrescu, conocido como el ‘Proust’ rumano —aunque esta novela recuerda más bien a Kafka y a Sándor Márai—, dibuja aquí una historia un tanto bostezante muy al estilo británico de mediados del siglo XX, por cuyas páginas se pasean pequeñoburgueses y sus cafés con tacitas a media tarde.

No hay acción, ni siquiera exposición de sentimientos o emociones más allá de la narración plana. No consigue Petrescu absorber al lector con esta historia que es una rutina lenta y pesada que llega a ser tediosa. El autor no se da cuenta de que emborracha al lector y lo repele con tantas páginas donde lo más apasionante que ocurre es que el protagonista se encuentra una mosca en el plato

Hace sesenta o setenta años —fue publicada originalmente hace casi noventa—, esta sería una obra de culto muy leída. Sin embargo, actualmente exaspera a un lector que busque en la literatura algo más que entretenerse y dejar pasar el tiempo. Por entonces, Petrescu ya se había ganado prestigio literario gracias a otra obra llamada Última noche de amor, primera noche de guerra.

En conclusión, esta es una novela que no despierta, además de emociones, demasiada simpatía en un lector abocado a historias con más acción y por eso mismo es difícil recomendarla a aquel lector que no busque lo que esta novela puede dar. Con una traducción brillante de Joaquín Garrigós, Petrescu escribió para los lectores de aquel contexto histórico, y en ella se convirtió en un emblema de la literatura rumana y europea. Sería injusto calificar esta obra de anacrónica, porque sería sencillamente falso. Sin embargo, hoy en día, Procusto sigue en pie, pero esta novela de espesura verbal que lo lleva por título parece de otra época.

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