Platero y yo (Cátedra, 2009), de Juan Ramón Jiménez.

A los niños a veces se les anima, u obliga directamente, a leer un libro que por causas indeterminadas se cree «infantil». Platero y yo (Cátedra, 2009) ha sido uno de esos libros. Quizás se haya catalogado a lo largo de los años como libro infantil porque aparece un animal, o porque la historia gira en torno a él, pero no parece suficiente. Esta elegía andaluza de Juan Ramón Jiménez (1881-1958) es un libro para adultos que puede adaptarse a los niños, pero si estos leen la versión original van a enterarse más bien de poco. Seguramente comprendan la historia del burrito, pero no puedan ahondar, perdiéndose así la belleza de la intrahistoria y lo poético.

Platero y yo es un poema en prosa que transmite la esencia de Andalucía y sus pueblos, concretamente el Moguer natal del autor. Está dividido en 138 capítulos, la mayoría de apenas una o dos páginas, tiene cuatro apéndices al final y desarrolla una historia llena de lirismo, belleza narrativa y ligereza discursiva. Se trata de una obra conmovedora con unos personajes, sobre todo Platero, inolvidables, aunque carezcan de nombres. Por ejemplo, en el capítulo de El niño tonto.

Como es costumbre en esta colección de la editorial, antes de exponer la obra, el editor habla brevemente de la vida del autor y hace un estudio crítico de esta. En este caso, Michael P. Predmore desarrolla la vida de Juan Ramón, Premio Nobel de Literatura en 1956. El escritor onubense nació en una familia acomodada, y siendo joven pasó cinco años de sanatorio en sanatorio con depresión nerviosa por la muerte de su padre, que marcó su vida. En 1905 hay un declive en su vida por ese fallecimiento y, consecuentemente, la pérdida de su riqueza.

En Moguer escribió la obra, entre 1906 y 1912, y luego se marchó a la Residencia de Estudiantes de Madrid, y de ahí voló a otros lares. En Platero y yo refleja esa «nostaljia de Andalucía», con las jotas tan características de su escritura, así como la realidad social de su pueblo. Se casó con Zenobia Camprubí en Nueva York en 1916 y entabló amistad con literatos de la época. Admiró a José Martí y Rosalía de Castro, a aquel por su lucha y a esta porque empatizaba con su forma de sentirse en la Galicia arcaica de antaño, y criticó en su obra a esa España cainita donde se mataban entre hermanos.

Juan Ramón critica el ruido que hay en España, la escasez de la ciencia y lo mal pagado del arte como oficio, entre otras cosas. Siempre fue un escritor comprometido con el arte y la fraternidad, no solo en su país sino también en el extranjero, como Puerto Rico, donde se exilió cuando estalló la guerra civil y donde falleció. La relación de Juan Ramón con Puerto Rico es curiosa. En 1896, tal y como se nos dice en el capítulo Sarito, se enamoró de una puertorriqueña llamada Rosalina. Más tarde, se casó con Zenobia, que era de madre puertorriqueña. Finalmente, iría a vivir y morir allí.

«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro». Así comienza la obra. Platero tiene más de cuatro años, y su historia transcurre desde una primavera a la siguiente, pasando por las cuatro estaciones como si fueran las etapas vitales: infancia, juventud, adultez y vejez. De hecho, pasan por fechas señaladas como la Noche de Reyes o Carnavales.

El narrador y Platero pasean por el pueblo y sus alrededores. Muestran la imagen de un pueblo andaluz, con sus habitantes, los niños y las calles. De hecho, incluye calles reales del Moguer de la época. Cada capítulo es una experiencia de Platero, aunque no aparece en todos. A veces, la simple contemplación de un atardecer es toda una aventura para los sentidos, pues Juan Ramón la llena de belleza con múltiples referencias a animales y a la naturaleza. En esta elegía, el lector presencia el silencio que sucede al alboroto y la jarana, la yegua blanca y muerta que destaca en la negrura de la noche…

El autor crea imágenes narrativas preciosas, como la mirada del perro Lord, tan humana, o el agua como cristal que se hace líquido cuando Platero penetra su hocico en ella. También la vista desde la azotea, que permite observar la vida del pueblo y sus habitantes cuando creen que nadie les ve, o la descripción del cura don José. Juan Ramón hace de una flor un ser viviente y único, aunque su vida sea corta, para que permanezca para siempre en las páginas de su libro. O sea, el autor fijó la mirada alguna vez de su vida en una flor y la describió en Platero y yo. Esa flor, que apenas duraría unos meses, tiene el privilegio de seguir viva, sin ella saberlo, en este libro.

Según se nos cuenta, Platero está aprendiendo, como los niños, y el narrador se encarga de enseñarle. Desde el principio, el narrador avecina la muerte cuando le dice a Platero que al morir no será un animal abandonado en un camino, sino que lo enterrará en un lugar de alegría y música. En un capítulo van al cementerio y el narrador cita a todos los que yacen allí, como su padre, sintiendo el paso del tiempo y la nostalgia.

El dueño de Platero le guía y le habla mientras pasean. Transitan juntos el camino de la vida, y aprovecha para hablarle sobre cómo es esta. En el estudio crítico se dice que este camino que recorren también tiene una interpretación cristiana. Sea como fuere, en su trayecto sin rumbo está la esencia de la vida. Es cierto que algunas escenas parecen estar llenas de bondad y de una base o pedagogía religiosas. En el estudio crítico también se dice que hay una figura simbólica en algunos capítulos: la mariposa blanca. Esta mariposa simboliza la metamorfosis que experimenta Platero durante toda su vida hasta que muere, al final de la obra.

Siempre me llaman la atención, en las historias, la mención a algún lugar inexplorado o alguna zona en la que nadie se atreve a entrar. En Platero y yo, el narrador habla de una verja que había en una de las bodegas de su familia, de un callejón ancho y hondo y de un camino que sale del hospital cuando habla del aljibe del pueblo al que «nadie se ha atrevido a seguirla del todo, porque no acaba nunca…».

El burro Platero es un mito de la literatura española que nada debe envidiar a Don Quijote o al Don Juan de José Zorrilla. Francisco Giner de los Ríos, gran amigo de Juan Ramón Jiménez, veía en su libro casi un nuevo Quijote, y esto me ha hecho pensar que, en efecto, podría serlo. No solo a nivel simbólico en la historia de la literatura española por su eco, sino también por la propia historia. Es un desvarío, lo sé, pero atiende. Tras la muerte de don Quijote, sabemos que Sancho vive. ¿Por qué no pensar que el narrador de este libro pudiera ser un émulo de Sancho, y Platero su rucio?

En Málaga hay un parque, en el Paseo del Parque, una avenida larga y céntrica de la ciudad. En dicho parque hay una escultura de un burro al que siempre se ha llamado Platero. No sé realmente si ese burro se creó en homenaje al personaje de Juan Ramón Jiménez, pero todo aquel que haya nacido en Málaga debe conocer y haberse subido en el burrito Platero. Si no, no puede llamarse «malagueño».

Platero y yo es un libro muy especial, y no solo para mí. Mi amiga Nerea me ha hablado alguna vez de la primera ocasión en que lo leyó. Era una niña y estaba mala, si no recuerdo mal. Y ese día, entre las páginas descubrió una palabra que la maravilló: «azabache», cuando el narrador describe cómo son los ojos del burrito. Además, me ha gustado encontrar en este libro un verbo que mi abuela ha dicho alguna vez pero que creía que no existía; se trata de «acoquinar».

Platero no es el resultado de un burro, sino de muchos, como reconoce Juan Ramón Jiménez. El narrador reconoce que desde niño odia las fábulas con animales que hablan, aunque Jean de La Fontaine le reconcilió con ellas. Quizás por eso Juan Ramón no ha construido un Platero que hable. Al final, nos queda la imagen de un Juan Ramón que es todo nostalgia y que llega a su casa de Puerto Rico y cuelga en la pared los dibujos de burritos que le han entregado alumnos de colegios. Me gusta imaginar que contempla los dibujos y que ve lo que ha creado. Todos son burros, pero ninguno es igual a otro. Él los tiene delante, y estoy seguro de que todos esos burros lo miran a él.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Hay un capítulo en el que se habla de Darbon, un hombre muy mayor que es el médico de Platero, y se cuenta más o menos cómo es su vida y que cuando pasa por el cementerio recuerda a su hija muerta. Esto me ha recordado a La hija de Juan Simón, la copla de Antonio Molina, aunque con muchas diferencias, porque Juan Simón no es médico sino enterrador pero aún así el contexto en un pueblo y la hija muerta del hombre me ha recordado a la copla.


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