Hielo seco (La Isla de Siltolá, 2015), de Isabel Bono.

Escribir nos salva, dice la solapa de Hielo seco (La Isla de Siltolá, 2015). Según Fernando Aramburu, estos aforismos de Isabel Bono (Málaga, 1964) son migajas de pan. Al leer esta comparación he recordado el título de un libro de Hans Magnus Enzensberger donde el señor Z. dejaba caer migas de pan y sus oyentes las recogían. Yo soy de los que recogen las migas de Bono, aunque creo que ella no las deja caer, sino que se le caen de las manos. La vida es eso, dejar rastro aunque a veces no seamos conscientes de ello.

Este libro es un conjunto de aforismos, de casi aforismos o de preguntas, como cada lector desee verlo. Trata muchos temas, como la rutina, la espera, la esperanza, la soledad, el perdón y la naturaleza del ser humano, pero sobrevuela en ellos el existencialismo. El primer aforismo se llama la única certeza —sí, los títulos de los aforismos están en minúsculas, algo característico de la autora—. Agotada la única certeza en la primera página, los siguientes aforismos serán meras suposiciones, ideas, pruebas de vida, palabras orgánicas.

Hay cuatro aforismos por página y están dirigidos a la segunda persona del singular para establecer contacto estrecho y lazo continuo con el lector, afianzar su relación con él y comparar sus impresiones. Bono le invita a entrar en ellos sin llaves, pues la puerta siempre está abierta. La literatura, otra vez, como nexo de unión e identificación. Nos presenta su concepto de felicidad y dónde es probable que se concentre —bajo el esternón—. También habla sobre lo que perdemos o las huellas borradas de nuestro viaje por el mundo. El último paso que damos está tan cerca del primero que dimos como todos los que hubo en medio. Al final, quedan la lluvia, el viento, las catástrofes naturales, la naturaleza, el hombre o el propio pozo del tiempo, que erosiona nuestra huella. Será como si hubiéramos existido pero sin haberlo hecho.

Estos aforismos se adentran en el olvido de palabras y rutinas y critican las apariencias —«si lo importante fuera ser, no parecer», dice uno— y los disfraces que la gente usa para ocultar la tristeza, que es su verdadera piel, esa que no pueden arrancarse aunque quisieran. En realidad yo creo que Bono no critica nada, pues todo forma parte de la vida. Se hace preguntas y toma decisiones. Compara, siempre y recoge. Observa, sobre todo observa, y dice poco. Sugiere.

Entre estas palabras se percibe la magia de los sueños y de los objetos, que cuentan sus propias historias del pasado. En Hielo seco está concentrada la vida, todo lo que el universo puede generar en sus entrañas está en estas páginas. Aforismos claros y breves que buscan, y consiguen, lo poético, pero sin palabras rimbombantes. De nuevo, la fuerza del lenguaje para expresar lo inefable.

Hay un aforismo llamado souvenir de la palma que habla de un volcán. Qué coincidencia, ya que he leído este libro en enero de 2022, apenas unos días después de que el volcán de La Palma quedara oficialmente apagado. Ese aforismo habla sobre lo que nos arrasa y no podemos controlar, ni siquiera sostener. Hay otros que hacen clic en la mente. Uno, llamado ignorancia sweet home, defiende no saber nada para ser feliz, o intentarlo. No saber si tú eres el paraíso, si la luz sobre las cosas solo la veo yo. No saber si te he querido alguna vez, no saber si te he perdido para siempre.

Hay otro llamado beckett mon amour que dice lo siguiente: «Cuando vivía en casa de mis padres, todo aquel que entraba en mi cuarto me preguntaba si aquel viejo era mi abuelo. Y yo decía que sí». Tengo una teoría sobre este aforismo. Al leerlo, me he imaginado que la autora tenía una foto de Samuel Beckett en su habitación de adolescencia o juventud, y cada vez que alguien entraba allí y la veía le preguntaba si era su abuelo. Ella, quizás para no tener que dar explicaciones, o para imaginar que en realidad lo fuera, afirmaba siempre.

Uno de los aforismos que más me ha gustado se llama espejito, espejito. Me ha recordado a la reseña de un libro de Olivia Shakespear que escribí para Mercurio, pues la titulé igual. En fin, este aforismo dice: «Dime de una vez quién es la más bella y por qué estoy tan triste». Me he imaginado a la narradora del aforismo preguntando varias veces quién es la más bella por ese «de una vez», porque pese a que ha preguntado mucho jamás le ha respondido. Por otra parte, puede estar triste porque la narradora sabe de antemano que no es la más bella, pero también porque sepa que lo es y eso tenga consecuencias negativas para ella.

Cada aforismo ha despertado mis divagaciones y delirios. Me he puesto a pensar largo y tendido en teorías en torno a ellos y me ha encantado encontrarme en la literatura una vez más. Hay otros que hablan de la ausencia, de perderlo todo, de no estar lo suficientemente cerca ni lejos de nada, de no saber lo que se busca o de ir adquiriendo cosas pensando que las necesitamos hasta que nos damos cuenta de que no es así. huecos sin prisa dice por ejemplo: «He comprado una taza verde por si era una taza verde lo que me faltaba». El libro termina con un aforismo llamado adiós. El último no podría llamarse de otra manera, y más tratándose de una obra que habla sobre cosas tan trágicas pero sin lamentarse y siempre con un toque de esperanza en renacer.

Uno de los méritos de una obra literaria es que cree imágenes que perduren en la mente del lector aunque pasen los años. Hielo seco tiene ese mérito, quizás con la ventaja de que los aforismos son imágenes breves que tienen más probabilidad de grabarse a fuego en la mente del lector. Son imágenes poéticas originales e irrepetibles que describen a la perfección una emoción, un sentimiento o una sensación concretas que aunque las experimenta una persona, en este caso la narradora de los aforismos, otras también pueden identificarse con ellas.

Bono, como decía al principio, deja migas, consciente o inconscientemente, por algunas páginas. En la veintiséis, hay un aforismo llamado nido de abeja que dice: «Cada año la primavera abriéndose paso. Y el mismo insecto ha ido construyendo su nido bajo mi esternón». Ahí habla de una abeja dentro del cuerpo humano. En la treinta y nueve, en dulce y aterrador zumbido se pregunta qué hacer en las mañanas en las que la fortuna es una abeja atrapada bajo el pecho. La abeja se hace símbolo, imagen perenne, por los recuerdos de la autora, que ve esas abejas en su terraza, adonde llegan cansadas, como me ha confesado por correo electrónico. Asimismo, la taza verde que aparece más arriba se transporta a dos aforismos más, donde hay tazas, quizás no verdes, pero tazas al fin y al cabo, calientes o vacías.

Como puede verse, en esta obra tienen gran presencia los elementos de la naturaleza, los animales y los insectos. Sobre todo estos, quizás por su reducido tamaño, que yo relaciono con la sensación de la narradora de los aforismos de sentirse pequeña y vulnerable.

Seguimos andando en la vida, siguen pasando los días y se sigue extendiendo el sol sin que nosotros sepamos qué es lo que realmente hace que sintamos ese vacío en nuestro interior. Al final, pese al dolor, pese al vacío, la vida está por delante. Pese al existencialismo, en la escritura de Bono no hay hastío. La autora defiende la vida por encima de todo. En su novela Diario del asco trató un tema delicado como el suicidio. Pese a las apreciaciones que pudiera haber, la autora defiende que el suicidio no sea opción nunca. En una presentación de dicho libro, dijo que el suicida se quita la vida porque siente que no tiene nada que perder, porque ya lo ha perdido todo. Si no tienes nada que perder, tampoco tendrás nada que perder si coges una mochila y vas andando por el mundo. Probablemente cambies de opinión, venía a decir.

Deberían hacer un estudio de las emociones que experimentan los lectores mientras leen estos aforismos. Estoy seguro de que el lector reconocerá desde la euforia hasta la depresión. Cuando termine el libro, parecerá que ha intimado de verdad con la vida, que le ha hablado de tú y que no se le ha escapado nada. Que ha vivido, de hecho.

Los registros de Isabel Bono son muy amplios, lo mismo escribe novelas —Una casa en Bleturge, Diario del asco o Los secundarios— que libros de aforismos como este. Todos ellos comparten, eso sí, un denominador común: el existencialismo y mucho lirismo. Preguntas, preguntas y más preguntas. Todo son preguntas. La cabeza de Isabel debe ser un interrogatorio constante, y qué mejor manera de deconstruir el mundo que pensar en comprenderlo, como si eso fuera posible.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Hay un aforismos que dice que la felicidad está en las habitaciones de hotel. No sé por qué, pero me ha sonado mucho a Manuel Vilas y a su estilo de escritor vagabundo que se encuentra a sí mismo en los hoteles. Hay un aforismo que se llama salvemos el fuego, igual que la novela de Guillermo Arriaga, y hay otro que se llama ofelia en bleturge que me ha recordado a su novela Una casa en Bleturge, ganadora del Premio Café Gijón.


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