El sí de las niñas (Cátedra, 2004), de Leandro Fernández de Moratín.
Con frecuencia pienso que el objetivo de la vida debería ser el amor. Amarnos primero a nosotros y luego a los demás, pero todo amor. Suena muy religioso, incluso a Mr. Wonderful, pero si lo pensamos detenidamente quizás estemos todos de acuerdo. ¿No sería esa una forma de amor? Bah, da igual, somos seres humanos y no tenemos solución. Seguiremos siendo una especie que busca la extinción de sus congéneres, olvídalo. De todos modos, si el amor fuera lo único que tuviéramos, ¿por qué no poder expresarlo y tener que aceptar las decisiones que otros toman sobre nosotros?
El sí de las niñas (Cátedra, 2004) es la mejor obra de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828). En este drama, el autor neoclásico presenta un matrimonio de conveniencia entre don Diego, de cincuenta y nueve años, y doña Francisca, de dieciséis. La madre de doña Francisca, doña Irene, está de acuerdo, pero no el sobrino de don Diego, don Carlos, que está enamorado de doña Francisca. ¿Conseguirán impedir el matrimonio de esta con don Diego y casarse, argumentando nada más y nada menos que… se quieren?
Esta edición de Cátedra está a cargo de Emilio Martínez Mata, que antes de la obra, como es costumbre en esta colección de la editorial, introduce una breve biografía del autor, un estudio crítico de la obra y detalles sobre el contexto histórico, político y social de esta. El sí de las niñas se estrenó por primera vez en 1806 y fue un éxito. Sin embargo, Fernando VII la prohibió cuando llegó al poder años más tarde.
Leandro fue hijo del célebre escritor Nicolás Fernández de Moratín, y no fue a la universidad por elección de este. Nicolás pensaba que la universidad española era una institución infestada por la religión, más atrasada que otras universidades europeas. Leandro, con el tiempo, se arrepintió de no haber ido, pues no le permitió tener un empleo de nivel y debió buscarse la vida, laboralmente hablando, en numerosas ocasiones.
Desde que era un niño, Leandro destacó en el humor, y sus conversaciones producían hilaridad en quienes las escuchaban. De adulto, tras la invasión de Francia, se mostró afrancesado, por lo que tras la derrota de Napoleón debió marcharse a Valencia. Le embargaron los bienes, y justo cuando decidió rendirse y morir de hambre porque no tenía con qué pagar el sustento, se le retiró el embargo. Enfermo, cansado y sin dinero, se irá de España y pasará por Montpellier, Bolonia, Barcelona, Bayona y finalmente Burdeos, como Goya, quien pintó un retrato suyo. Madrid no le estaba vedado, pero era un riesgo volver, pensaba él, por temas políticos.
Destaca su unión con la familia Silvela, con quien viajó hasta París, donde murió de un cáncer de estómago. En su obra y en sus escritos puede verse su distancia tanto geográfica como ideológica con España, así como la crítica a que los intelectuales tengan que exiliarse. También critica duramente la religión, el atraso que deja y el maltrato que España da a los mundos artístico y científico.
En el siglo XIX, el teatro se entendía como diversión, pero más aún como escuela. La gente pudiente asistía a las tragedias, mientras que las comedias eran para la gente llana. El sí de las niñas es una comedia de costumbres, la última de Fernández de Moratín, entre otras cosas porque pensaba que escribir mucho es igual que escribir mal. Hay quien cree que esta obra, que combina risa y tragedia, es un plagio o que al menos está basada en otra, pero no se considera así.
Fernández de Moratín ya escribió sobre el tema del matrimonio de conveniencia entre un hombre mayor y una joven en El viejo y la niña, tras conocer algunos casos. Según dice Martínez Mata, en la época era «una realidad evidente». Por ejemplo, se nos habla del conde Aranda, que se casó con sesenta y cinco años con una joven de dieciséis. Este era, por tanto, un tema de actualidad que podía tratarse con verosimilitud. El dramaturgo denuncia este problema en sus obras, pero sabe que hay una difícil solución una vez consumado, pues no existía el divorcio.
En El sí de las niñas, el autor critica la educación que las mujeres reciben y la tradición del siglo XIX en torno al despose de las jóvenes con hombres mucho mayores. Es decir, defiende el matrimonio por amor y no por conveniencia o por intereses de la familia a costa de —y en perjuicio de— los desposados o de uno de ellos, casi siempre la mujer. Esta se desarrolla en la sala del primer piso de una posada en Alcalá de Henares. Según me ha parecido entender, en lo que sería el rellano. Y transcurre entre las siete de la tarde de un día hasta las cinco de la mañana del siguiente.
Don Carlos y doña Francisca son dos jóvenes enamorados, pero ya hay un matrimonio concertado entre Francisca, que acaba de salir de un convento, y don Diego. Por supuesto, ni don Carlos sabe que Francisca va a casarse con su tío ni don Diego sabe que su futura esposa está enamorada de su sobrino. Además de estos personajes, están doña Irene, que es la madre de doña Francisca, y los criados: Rita, Calamocha y Simón. La acción se desarrolla entre los preparativos de la boda, que va a ser exprés a la mañana siguiente, pero don Carlos aparece esa noche en la posada y el encuentro de los enamorados altera los acontecimientos.
El personaje de doña Francisca está lleno de tragedia y pesadumbre. La joven llora porque no quiere casarse con don Diego, pero lo hace a escondidas. Delante de este y de su madre, finge, sobre todo delante de ella, ya que la presiona por intereses económicos. En el estudio crítico, se dice que el personaje de don Carlos parece estar inspirado en José Cadalso, un escritor amigo de Nicolás, padre de Leandro, pero no lo confirma.
Don Diego tiene celos, pero no es un hombre malo. El lector que se adentre en la obra, como yo hice, puede pensar que don Diego es un hueso duro de roer, un hombre pérfido que va a hacer daño. Sin embargo, aunque quiere cometer algo deleznable como es casarse con una joven de dieciséis años contra su voluntad, también usa la razón cuando don Carlos aparece en escena. Sorprendentemente, don Diego es una persona cabal y se preocupa por los sentimientos de Francisca más que su madre. Reconoce que él no está para enamorar a nadie, y que no debe mandarse: que la niña exprese lo que quiera.
Parece mentira, pero dejando de lado a los dos jóvenes enamorados, los personajes que más usan la razón son dos criados. Rita, criada y consejera de doña Francisca, es empática, y Francisca la quiere como a una amiga. Por su parte, Simón, criado de don Diego, cree que este ha sacado del convento a Francisca para casarla con su sobrino, y descubre que no es así. Simón muestra la lógica, ya que por edad Francisca le correspondía al sobrino.
Luego está Irene, que es una mujer aborrecible, con mucho sufrimiento a su espalda, pero esto no justifica su actitud autoritaria con su hija. Al menos hay momentos en que Irene tiene gracia incluso cuando llora. Defiende los matrimonios de conveniencia a boca llena, porque dice que si dos jóvenes se casan, ninguno tiene experiencia y no va a fructificar. Además, dice: «alguien debe saber dirigir a los criados». En fin.
El sí de las niñas es una crítica con humor a los matrimonios de conveniencia y al pensamiento de la época. Sería más hilarante aún si no ocurrieran de verdad entonces, y ahora también, aunque en otros lugares.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Esta obra no me ha recordado a ninguna. No recuerdo haber leído ninguna historia con matrimonios de conveniencia, o al menos donde la trama girara en torno a ellos.

