Maus (Reservoir Books, 2020), de Art Spiegelman y traducido por Cruz Rodríguez Juiz.

Cuando leo una historia de supervivencia del Holocausto, siempre me llama la atención que aquel que la cuenta, o que la protagoniza, consiguió resistir a numerosas y desgraciadas aventuras, y que no fue llevado a los campos de concentración hasta bien tarde (1943 o 1944), lo que influyó en que pudiera aguantar. Maus: Relato de un superviviente (Reservoir Books, 2020, con traducción al castellano de Cruz Rodríguez Juiz) es una de esas historias, dolorosas, desgarradoras, sobre la peor cara del ser humano.

Este libro de Art Spiegelman (Estocolmo, 1947) ha sido el único cómic ganador del Premio Pulitzer. Es la historia de su padre, Vladek Spiegelman, un judío polaco que sobrevivió a campos de concentración y al nazismo. El cómic arranca en Nueva York, donde ambos viven. El hijo le pide al padre que le cuente la historia de su supervivencia, y él acepta. La primera parte se llama Mi padre sangre; y la segunda, Y aquí comenzaron mis problemas.

La historia que el padre le narra a Art, y que Art convierte en cómic, transcurre entre los años treinta y 1944, aunque luego, como digo, se ve en numerosas ocasiones a padre e hijo dibujados en el presente hablando sobre el nazismo y el pasado de aquel. Una de las peculiaridades del cómic, que puede apreciarse en el dibujo de la cubierta, es que Spiegelman convierte a los personajes en animales según su nacionalidad o religión. Así, los judíos son ratones, los polacos son cerdos, los alemanes son gatos, los neoyorquinos son perros, los franceses son ranas y los suecos son ciervos.

Vladek, a través de las palabras y los dibujos de su hijo Art, o Artie, narra cómo conoció a la que sería su esposa, su boda, su primer hijo… Mientras cuenta su historia porque su hijo se lo pide, se nos muestra a un Vladek muy humano, frágil por una vez por el deterioro de su salud, y más aún después de todas las inclemencias que superó. Spiegelman consigue algo que es difícil de lograr en literatura, y sobre todo en novela gráfica, que es que el padre esté contando la historia y de repente el hijo la interrumpa y esto se refleje bien con un cambio rápido y brusco de viñetas.

Los nazis capturaron por primera vez a Vladek al inicio de la Segunda Guerra Mundial, pero fue liberado. Luego, tuvo que escapar y esconderse en numerosas ocasiones, tantas y de tal forma que el lector se lleva las manos a la cabeza porque fue un milagro que no lo atraparan antes. Los nazis trataban a los judíos peor que al resto de prisioneros, y Spiegelman se encarga de reflejar con dureza la violencia ejercida contra ellos en los dibujos del cómic. Todo el libro está construido a partir de trazos negros que destacan la oscuridad de una historia de antaño muy dolorosa. Imprime los gestos en las caras con gran acierto, pero sin apenas detalle, lo que tiene mérito.

Spiegelman narra a su hijo todo lo que presenció entonces, como las deportaciones de ancianos y de familias numerosas, solo evitables por relaciones con gerifaltes, sobornos o fortuna familiar, y a veces ni siquiera eso lo impedía, y si lo hacía nunca se sabía por cuánto tiempo se estaría a salvo. Vivían en guerra y en una persecución, por lo que se trataba de un constante estado de alarma y ansiedad.

Vladek Spiegelman narra algunos de esos episodios de su memoria mientras hace ejercicio en la bicicleta estática que tiene en su casa, como si pudiera correr o alejarse de aquel tiempo, de esos recuerdos que acuden a su mente y salen de su boca, cuanto más rápido pedalease. Mientras cuenta su historia, Art también nos transmite a través de los dibujos la actitud y las manías de su padre, quizás derivadas de aquella trágica experiencia, así como su capacidad para hacer negocios y abrirse camino. Cuenta historias tristísimas, como la de una mujer que fue deportada junto a sus cuatro hijos. El padre de esta mujer había sido liberado en la misma selección, pero no quiso dejar sola a su hija y a sus nietos, así que se pasó al bando de los deportados para estar juntos. Nunca se supo nada más de ellos.

Al principio, y hasta mucho después de la guerra, había gente que escuchaba hablar de Auschwitz y no creía que aquel horror y aquellas atrocidades que contaban hubieran existido. Hoy solo quedan un puñado de negacionistas del Holocausto. Pero el horror estaba ahí: suicidios a la desesperada contra las alambradas de los campos, el asesinato de niños por parte de los guardias de los campos porque estos lloraban y no querían ir a Auschwitz. Cuánto me ha dolido leer partes como estas. En esa situación, el dinero y los pocos objetos de valor que llevaran encima determinaban si seguían con vida o no.

Vladek pasó por muchos lugares, algún gueto… y fue a parar al campo de concentración cuando ya no pudo esconderse más, en 1943. Que se lo llevaran tan avanzada la guerra fue fundamental para que cuando esta terminó, en 1945, Vladek aún mantuviera fuerzas para seguir viviendo en aquellas condiciones infrahumanas. ¿Dónde estarán las historias de aquellos que fueron deportados al inicio de la guerra y que no sobrevivieron, de aquellos que no pudieron escabullirse ni una vez y a las primera de cambio fueron víctimas? En ninguna parte.

Al final de la guerra, cuenta Vladek, había trenes hacinados en estaciones. Vagones con 200 personas encerradas durante una semana (haciendo sus necesidades, asfixiándose, comiendo solo nieve que había en el tejado del tren si tenías la fortuna de estar cerca de una ventana y de que tu mano llegara hasta allí para cogerla). Una semana. De las 200 personas de su vagón, dice Vladek, salieron vivos 25 cuando lo abrieron al fin. Otros vagones nunca fueron abiertos y murieron todos los que había dentro.

Vladek cuenta que, tras sobrevivir, se marchó a Suecia, donde nació su segundo hijo (por entonces el único porque el primero había muerto), que es el autor de este cómic, y después se fueron a Nueva York. La primera mujer de Vladek, y madre de Art, Anja, escribió diarios, pero no se conservaron. Art en estas páginas también recuerda a su hermano muerto, Richieu, al que no llegó a conocer, y ensalza el valor y el concepto de libertad, amistad y hermandad frente al horror. Cuando la guerra al fin termina y es el momento de la reconciliación, Vladek entiende que nadie de su familia, ni de la de su mujer, ha sobrevivido. Todos (padres, hermanos, sobrinos, tíos y primos de ambos) han muerto, y solo queda un hermano suyo y otro de Anja.

La razón de que los judíos en este libro sean ratones es que una vez alguien dijo que Mickey Mouse, el ratón más famoso de la Historia, representaba a un animal que era «el mayor portador de bacterias del mundo animal». Con ese mismo desprecio, peor que a animales, trataron a los judíos, como cuenta Vladek en este emotivo cómic que tiene un final demasiado brusco. Primo Levi dijo que no volvería a haber poesía después de Auschwitz, y es que después de leer una historia de los campos de concentración no quedan palabras. Volver del infierno a la tierra no es fácil: te deja sin respuestas, sin margen de reacción, sin aliento.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado a todas las historias sobre el Holocausto que he leído: Si esto es un hombre, de Primo Levi; El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl; En nombre de todos los míos, de Martin Gray… También me he acordado de Irène Némirovsky, escritora que fue asesinada en los campos. La representación de los personajes en ratones que hace el autor me ha recordado al título de un libro que nada tiene que ver con el Holocausto, De ratones y hombres, de John Steinbeck, pero que puede entrelazarse con la lucha inhumana de una y otra historia. Asimismo, que los judíos fueran ratones y los nazis fueran gatos hace pensar que parece una caza al más puro estilo animal: la caza del gato al ratón.


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