Autor/a español/a·Narrativa

“La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares

La soledad, es cierto, me ha obligado a enfrentarme cara a cara conmigo mismo. Pero, también, como respuesta, a construir sobre recuerdos las pesadas paredes del olvido. Nada produce a un hombre tanto miedo como otro hombre -sobre todo si los dos son uno mismo- y ésa era la única manera que tenía de sobrevivir entre tanta ruina y tanta muerte, la única posibilidad de soportar la soledad y el miedo a la locura.

La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarilla (Seix Barral, 2018), de Julio Llamazares, es un libro que compré por error, lo admito. Y creo que es el mejor error que he cometido en mi vida. Iba a comprarme un libro más reciente que también lleva la palabra ‘lluvia’ en el título y me confundí. Lo quise leer cuanto antes para guardarlo al fondo de la estantería de libros leídos y olvidarme de él y de mi imperdonable error. Pero ahora se ha ganado estar en el hall de la fama de mis libros favoritos.

El autor, Llamazares, nació en un pueblo ahora desaparecido que se llamaba Vegamián, en León. Y esto tiene mucho que ver con la historia que se nos cuenta en el libro, cuyo escenario existe, pero no los personajes. Precedido por un prólogo del autor donde bendice el libro y celebra los 25 años de su publicación, la novela nos presenta a su protagonista, Andrés, un anciano que vive en Ainielle, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés que existió en realidad. Andrés es su último habitante y nos va contando su historia, las anécdotas del lugar y de los que allí vivieron mientras es consciente de que se acerca su muerte.

El comienzo es más propio de una novela de terror que de una sobre el éxodo rural, pero eso le da un plus de atracción. Presenta a su pueblo como un lugar silencioso y fantasmagórico, como un cementerio en el que las víboras y las telarañas campan a sus anchas y las casas se caen a pedazos. El primer capítulo es sobrecogedor por cómo el narrador nos cuenta, con una frialdad pasmosa, los hechos que imagina que pasarán cuando él muera, de manera que encoge el corazón del lector y no lo suelta hasta el fin de la novela.

También es verdad que el final de algún que otro capítulo roza lo macabro cuando narra muertes trágicas y la soledad terrible que se le abraza a él en medio del frío del invierno. Pero es cierto que Andrés se ve solo y asegura que él ya no existe, sino que lo que se mueve por el pueblo y por su casa son sus recuerdos y su sombra. En todo momento hay una narración turbada y descorazonadora de un protagonista que espera que su vida se apague como los rescoldos de la chimenea que le protege del invierno aragonés.

Por otra parte, Andrés nos narra el dolor que sintió cuando perdió a su hija de cuatro años, o cuando su hijo Andrés se marchó a Alemania a trabajar, lo que consideró como un abandono, prohibiéndole su entrada en la casa para siempre y rompiendo sus cartas con rencor. Entre el amor a su mujer y el odio a su hijo, el narrador nos sigue adentrando por la tragedia del éxodo rural en un libro que recibe ese nombre porque todo en él llega a convertirse en amarillo. Cuando llueve, el agua arrastra el color amarillo de las hojas otoñales y pinta con él las ventanas del pueblo, las casas, el suelo, las paredes, el aire, incluso a su perra (su última compañía) y a él mismo.

Con la posguerra de fondo, Andrés termina admitiendo que la muerte es objeto de deseo para él. Los fantasmas se le cruzan con pasmosa rapidez, espectros de aquellos que murieron y de aquellos que abandonaron el pueblo años atrás, y Andrés los confunde sintiendo miedo muchas veces, sabiendo que la muerte está allí, tentándole. Finalmente, la novela es circular y termina como comenzó.

Es impresionante cómo un libro tan aparentemente inofensivo puede llegar a remover las tripas del lector de forma tan brutal. El éxodo rural o fenómeno de la España vacía es un tema que ya trató uno de mis escritores favoritos, Sergio del Molino, en uno de sus libros, La España vacía, que además fue galardonado con el premio Espasa de Ensayo. Pero este libro novelado es una delicia, un veneno fuerte y amargo, pero necesario para entender la realidad (muchas veces olvidada) de nuestro país. Más que recomendable esta bellísima novela que he valorado con la puntuación máxima (cinco estrellas) en Goodreads. Querría terminar con una cita del protagonista de la novela, que hace juegos malabares en todo momento con las tres bolas predominantes en la novela: la supervivencia, la desesperación y la tristeza:

El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos.

3 comentarios sobre ““La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares

    1. ¡Me alegro! Espero que te guste. Yo, como digo ahí, lo compré y me enfadé conmigo mismo porque no era el libro que buscaba. Sin embargo, qué gustazo me ha dado leerlo.
      ¡Saludos! 🙂

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