Autor/a extranjero/a·Narrativa

“El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger

Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno

J. D. Salinger, El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno (Alianza, 2015), de J. D. Salinger y traducido por Carmen Criado, es un libro inconmensurablemente maravilloso. Marcó una época en Estados Unidos, y llegó a ser el vademécum de algunos personajes famosos como el asesino de John Lennon (no es precisamente un modelo social en el que fijarse, pero famoso fue, eso es innegable). Es una historia que retrata con agudeza narrativa y mucha imaginación la sociedad norteamericana de la época del escritor (se publicó en 1951). El libro, tal y como se puede apreciar un poco en la fotografía de la portada, está un poco deteriorado. Y resulta que esta no es la primera vez que lo leo, sino la segunda. La primera vez lo leí en el verano de 2015, cuando estaba de vacaciones en la playa, y fue el agua salada la que le causó ese deterioro. Y, además, apenas me enteré de nada de la novela y no me llamó la atención. Por eso decidí darle una segunda oportunidad, porque sé que es un libro muy valorado y apreciado y quería descubrir por qué.

La novela se desarrolla en la Navidad de algún año de mediados del siglo XX en Nueva York y está protagonizada por Holden Caulfield, un joven de diecisiete años que, al comienzo de la novela, está estudiando en un colegio llamado Pencey (Holden vivía allí mismo, ya sabes cómo son los americanos y sus colegios). El narrador nos cuenta (siempre es el propio Holden) su infancia, haciendo crítica a todo lo que pasa por allí. Holden no deja títere con cabeza y a todo le saca un inconveniente, una razón para odiarlo. Aunque, todo hay que decirlo, Holden tiene un gran sentido del humor y mucho sarcasmo. Me he reído mucho leyendo este libro, la verdad. Y también sabe Holden (Salinger) manejar un vocabulario sencillo, rozando a veces lo vulgar, para que llegue a los jóvenes (repite sin cesar expresiones como, por ejemplo, todo eso, me dejó sin habla, hay que estar en vena, etcétera).

Se nos cuenta cómo Holden odia a todos los chicos de su colegio, del cual ha sido expulsado. Y, por esta razón, decide no esperar ni un minuto más y marcharse de allí antes de tener que hacerlo por obligación. Y, a partir de aquí, Holden recorrerá un itinerario lleno de encuentros con conocidos que se nos irán presentando, cada uno con sus particularidades pintorescas, como un abanico inmenso. Se encuentra con prostitutas, con tres chicas feas que se burlan de él, con dos taxistas totalmente diferentes el uno del otro, con Sally (una chica con la que parece tener un rollo romántico), con sus antiguos profesores Spencer y Antolini… Holden se emborracha, pero también sufre mucho, pues, aunque Holden es símbolo de rebeldía y libertad, también padece lo suyo, y Salinger sabe cómo contarlo. Admirable.

Holden nos habla, por ejemplo, de su hermano Allie, menor que él, fallecido. Y nos cuenta que, cuando se siente muy deprimido, habla con él en voz alta. Y tanto dolor, como decía, hace que Holden llegue a plantearse el suicidio, pero solo una vez a lo largo del libro, y fue de pasada, sin pensarlo demasiado. De este dolor pasa a la crítica hacia los curas (por su voz falsa a la hora de soltar sermones, por ejemplo) y a la iglesia, aunque también halaga la austeridad y la benevolencia de dos monjas con las que se encuentra. Holden, se da cuenta el lector al final, tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

También critica al dinero, del que dice: “siempre acaba amargándote la vida”. Y, en un determinado capítulo, se encuentra con un niño pobre al que sus padres no prestan atención y que va recitando un poema que dice: Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno. De ahí viene el título. Porque, más adelante, cuando su querida hermana pequeña Phoebe le recrimine que no le gustaría ser nada y que no tiene planes de futuro, (Holden siempre dice que toda la gente es falsísima, que el colegio es aburrido, que a la gente solo le preocupa si le arañan el coche o calcular cuántos litros de gasolinas le valdrán para recorrer no sé cuántos kilómetros, odia a la gente a la que solo le interesan los resultados de fútbol, odia las guerras, etcétera), este responderá que sí le gustaría ser una cosa: ser un guardián en un campo de centeno lleno de niños. Y que, cuando alguno de estos se acercara al precipicio, él, como buen guardián, lo salvaría de caer y lo devolvería al campo de centeno para que siguiera jugando con los demás. Esta es, quizás, la parte más emotiva del libro, porque Holden desnuda su alma ante su hermana en un momento en que no lo está pasando precisamente bien. Es muy simbólica y muy bonita esta parte, en serio.

Al final, Holden decidirá irse al oeste del país a trabajar en cualquier cosa con tal de no volver a casa y recibir la regañina de sus padres por la expulsión, pero entonces, al despedirse de su hermana a escondidas de sus padres, esta decidirá ir con él y tendrá que dar marcha atrás y quedarse definitivamente en casa, aguantar el chaparrón e ir a otro colegio. Son muchas las experiencias curiosas que Holden tiene a lo largo del libro (aquí he reflejado una ínfima parte de ellas) y eso lo hace animado y entretenido. Tiene cierto parecido con En el camino, de Jack Kerouac, pero este me ha parecido menos aburrido y más didáctico, si se me permite el término.

Precisamente hace poco sacaron una película sobre Salinger y sobre esta, su obra magna, y aún no la he visto, algo que haré pronto ahora que lo he leído. Admirable cómo Salinger nos presenta a los personajes, cómo relata la historia, con qué sabiduría, cómo sabe situarla en el contexto y cómo sabe guiar el hilo de la historia de manera que sea una novela magnífica que nunca va a caducar por su enorme valor literario (y extraliterario, si se me permite el término de nuevo). Recomiendo encarecidamente la lectura inmediata (sí, así de solemne la recomiendo) de esta obra de arte. De las mejores novelas del siglo XX, nada aburrida y que nos hacen pensar mientras también nos saca unas sonrisas por el ingenio del protagonista. Ni canta ni baila, pero no se la pierdan.

2 comentarios sobre ““El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger

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